Resaltan méritos de profesional de la prensa fallecido hoy en Bayamo

JUAN RODRÍGUEZ LICEA FALLECIÓ ALREDEDOR DE LAS 8:00 DE LA MAÑANA DE ESTE MIÉRCOLES Y FUE SEPULTADO EN LA TARDE

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Por Eugenio Pérez Almarales

La alta calidad humana y profesional del periodista Juan Rodríguez Licea, diseñador fundador del periódico La Demajagua, fue resaltada en la tarde de este miércoles, durante su sepelio, en Bayamo, donde falleció en horas de la mañana. Continuar leyendo “Resaltan méritos de profesional de la prensa fallecido hoy en Bayamo”

Miedo no, cordura y pensamiento

Por Eugenio Pérez Almarales

Los estudios acerca del consumo cultural son amplios y diversos, sin embargo, en nuestra realidad apreciamos que abundan indagaciones, por ejemplo, en torno a qué instituciones del sector de la Cultura prefieren determinados grupos humanos, generalmente por edades, lo cual, si bien no es despreciable, no lo considero vital. Continuar leyendo “Miedo no, cordura y pensamiento”

El periodismo no ha muerto, ni morirá

Por Eugenio Pérez Almarales

Hombres y mujeres asistimos, en ocasiones, a acontecimientos trascendentales de la historia, sin percatarnos de ello. Quizás ni el propio Gutemberg tuvo conciencia plena de cuánto aportaría al desarrollo de la humanidad con sus tipos móviles. Continuar leyendo “El periodismo no ha muerto, ni morirá”

Oficio de ángel

Por Eugenio Pérez Almarales

Pocas cosas son tan gratificantes para un periodista como saber que sus escritos y el medio para el cual trabaja tienen seguidores; por eso la insistencia de aquel hombre hizo crecer el pecho de mi colega, en tarde de plática de barrio. Continuar leyendo “Oficio de ángel”

De mentiras y mentirosos

Por Eugenio Pérez Almarales

Un mentiroso carece no solo de credibilidad, sino del más elemental respeto de sus congéneres; merecer tal epíteto es como enterrarse en vida socialmente.

Sin embargo, no podemos afirmar que todo el que miente en alguna ocasión es un mentiroso. Llegar a una clasificación correcta depende de varias cosas, entre ellas, de la frecuencia, circunstancias y de los propósitos con que se hace.
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Venganza a crédito

Por Eugenio Pérez Almarales
Todo indica que fue en 1946, pues coincide que el 11 de enero fue viernes -tal como en la familia se recuerda el hecho- y la protagonista del dislate tenía poco menos de tres años de edad.

Un tío, querido y respetado, falleció de un fulminante ataque al corazón, y la parentela se reunió en la casa del difunto, en un sitio rural de Jiguaní. El llanto inconsolable de la viuda y el sufrimiento de familiares y amigos hacían de la velada una solemne y desgarradora reunión.

La pequeña logró que la levantaran sobre el ataúd, y al ver el cadáver, con un paño ajustando su mandíbula inferior, para mantenerle la boca cerrada, recordó las imágenes de los comics de la época, y gritó: “¡Mamá, tío no se murió del corazón, se murió de paperas!”.

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Ética y subsistencia

Por Eugenio Pérez Almarales

Al “derecho” del hombre a matar animales para su alimentación no le faltan opositores. Es antiguo el debate entre lo ético y lo necesario de hacer postas de aquellos, que, por desgracia, no saben -¿o no pueden?- defenderse de sus máximos depredadores, es decir, de nosotros.

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Guajiros

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“…ningún guajiro que se respetara iba a la capital sin tomarse una foto al minuto frente al Capitolio…” (Foto: https://cubanosporelmundo.com)

Por Eugenio Pérez Almarales

Cuentan que la palabra guajiro, con la que se designó en Cuba a los hombres del campo, debe su origen a una confusión popular.

Dicen que cuando las tropas estadounidenses intervinieron en la guerra cubano-española -casi ganada por los mambises-, los soldados norteños llamaban a nuestros patriotas War heroes, que pronunciaban, aproximadamente, uorjiro y que significaba héroes de guerra.

No obstante, mi amigo y prestigioso investigador Argelio Santiesteban (autor, entre otros, del libro El habla popular cubana de hoy) sostiene que en 1840, antes, incluso, del alzamiento en La Demajagua, la condesa de Merlin escribió sobre su viaje a La Habana: “Lo que más quiere el guajiro después de la amada es su caballo y su machete”. Y creo en el ilustre banense.

Pero no es del origen del vocablo de lo que quiero hablar hoy; a fin de cuentas, considero que esa palabra no se refiere ya tanto a los campesinos, sino, más bien, a quienes actúan de manera ridícula, por desconocimiento del sitio adonde van.

No faltan quienes pretenden aprovecharse de la ingenuidad de los no citadinos, pero yerran, como aquel estafador que visitó a Granma hace algunos años, quien, según su discurso, pretendía que las campesinas de la Sierra Maestra fueran como las parisinas.

No sabía el susodicho bandido que no hay culturas superiores ni inferiores. Una residente en Palma del Perro quizás no sepa conducirse en el metro, pero difícilmente una vecina de la torre Eiffel pueda pilar café o montar en mulo.

Y hay, también, derivaciones. Determinadas acciones se califican como “guajiradas”. Por mucho tiempo, por ejemplo, ningún guajiro que se respetara iba a la capital sin tomarse una foto al minuto frente al Capitolio Nacional, prueba de que había estado en “la grande”.

Mientras en las urbes hay todavía quienes se empeñan en ocultar sus raíces, mi excondiscípulo Guillermo Fonte estaba orgulloso de dos cosas: de ser guajiro y de tener entre sus amigos a Eduardo Tiburón Morales.

A tal punto disfrutaba de su origen Memo -como lo conocen en su natal Amancio Rodríguez– que durante nuestras andanzas por La Habana, en la década de los 80 del siglo pasado, cuando estudiábamos Geodesia y Cartografía, él, líder natural y entre los de mayor edad del grupo, gustaba de pasar las calles cogido de la mano de sus acompañantes, ante la mirada atónita de los capitalinos. Castañeda, Galafet, Hijuelos… pueden dar fe de esto.

Sin embargo, otros -¿la mayoría?- se esfuerzan en aparentar que son nacidos y criados en La Rampa.

Eddy, desde hace dos décadas periodista holguinero, caminaba con soltura capitalina por El Vedado, acababa de contar, de reojo, los pisos del Focsa y de edificios cercanos y se dirigió al emblemático hotel Habana Libre, cuyas habitaciones se alquilaban entonces por unos 20 pesos, en moneda nacional.

Extendió la mano para empujar la puerta de cristal, le puso fuerza al ademán, sin imaginar que se abría sola, al pisar la alfombra que la antecedía. Por supuesto, “se fue en blanco”, y solo atinó a simular un saludo a los presentes: “¡jey, jey…!”, decía, dando traspiés, mientras agitaba la mano.

Ese hotel puso en aprieto a muchos. Margarita -¡y no revelo sus apellidos!- bayamesa reyoya, paseaba frente a Coppelia con la indumentaria de los 80, con pitusa apretado, tarareando River of Babylon, de Boney M. Entró a la instalación como si fuera su casa y se sorprendió con una moderna máquina de limpiar zapatos.

Sin pensarlo dos veces, echó una peseta, metió el pie izquierdo; luego, depositó otra moneda e introdujo el derecho. ¡Maravilla de la tecnología!… pero no tanto, el artefacto no sabía limpiar sandalias, fue de las primeras personas en La Habana en aplicar betún a sus pies.