Oficio de ángel

Por Eugenio Pérez Almarales

Pocas cosas son tan gratificantes para un periodista como saber que sus escritos y el medio para el cual trabaja tienen seguidores; por eso la insistencia de aquel hombre hizo crecer el pecho de mi colega, en tarde de plática de barrio.

Este oficio, cuyos orígenes están situados allá por el siglo XVIII, puede tener su parangón con los ángeles, esos míticos seres -que, por cierto, no tienen alas-, según las sagradas escrituras cumplen misiones de mensajeros, ¿y qué hace el periodista sino entregar mensajes?

Tal verdad es esencialmente válida en cualquier etapa de la vida. No obstante, el joven deslumbrará a los colegas viejos con sus conocimientos sobre las ciberautopistas, la blogosfera, la hipertextualidad y toda una sarta de vocablos que nos recuerdan obras de ciencia ficción.

Sin embargo, los bisoños artífices de la palabra jamás tendrán nostalgia por el olor a tinta y a plomo hirviente de aquellos añejos talleres donde se forjaba cada frase, entre pestañazos, ni “sufrirán” las bromas ni los arcaicos y familiares ambientes de las redacciones.

Para el periodista, el tiempo pasa de prisa. Se viven muchas vidas, vidas que inspiran, que duelen, que enseñan; tantas que, de pronto, cuando te miras al espejo, puede ocurrirte como al colega Rolando Pérez Betancourt, a quien escuché confesar, sentado sobre un buró, en el periódico Granma, que evitaba mirar a la derecha, cuando entraba al baño, pues “ese viejo feo no se parece a mí”.

De pronto pasaron más de dos décadas desde que Martín Corona me hizo escribir 14 informaciones en una madrugada de inicios de la década de los años 90, del siglo precedente, luego de cubrir una plenaria nacional juvenil en el antiguo ingenio Demajagua, donde me sorprendió ver acomodando sillas a un dirigente de alto rango de la UJC, muchacho flaco, con chancletas, shortpan, camiseta y trenzas, llamado Miguel Díaz-Canel.

Dormir sobre un buró, con tres libros de almohada; caminar de Bayamo a Santa Rita (17 kilómteros) ante la escasez tremenda de medios de transporte; comer nada para llevar la pequeñita posta a la familia, son cosas del pasado.

Pero fue mayor la alegría, el desenfado. Cuentan que cuando no se soñaba con cámaras digitales y había que hacer brotar la imagen en papel, con soluciones químicas, en medio de completa oscuridad, los fotorreporteros sintieron entrar a una persona, silenciosos y confundidos, tocaron la zona posterior de su edificio personal, como llamaba Enrique Arredondo a salva sea la parte.

La protesta en chanza no ocurrió, sino que, callado, el “agredido” salió del local; poco después los bromistas fueron a ver de quién se trataba -algo que, a ciencia cierta, nadie podría certificar hoy-, pero, apartado y con la cara enrojecida estaba el entonces director de este medio (el periódico La Demajagua).

En este colectivo la transformación tecnológica sorprendió a muchos, podría decirse que a todos. Lograr que los periodistas utilizaran las primeras computadoras solo fue posible guardando en almacén las viejas máquinas de escribir Robotrón, cuando Luis Carlos Frómeta -entonces director- indicó que solo aceptaría las informaciones digitalizadas.

Había quien preguntaba qué hacer al ordenador, escribiendo la interrogante en el documento de word, otro que la única manera que encontró de apagar el equipo fue desconectándolo de la corriente, y quien ganó el mote de “Sánchez 13”, en alusión a un temido virus informático, por su “habilidad” para desaparecer documentos y carpetas.

Página aparte para Güell, hombre inteligente y destacado formatista, pero quien estaba tan apegado a lo viejo, que fue sorprendido midiendo una imagen con el tipómetro en la pantalla de la computadora, y que un día en plena redacción se exaltó porque le habían “robado” las Verdades Cotidianas, de la página tres, que él había eliminado de la PC.

Se acerca el 14 de marzo, Día de la prensa cubana, y volverán a contarse entre colegas estas y otras historias. Se reunirán integrantes de una generación u otra -¡qué importa con cuánta diferencia de por medio!-, pues, si se le ocurre un tema en la madrugada y lo anota, analiza y complementa datos ahora y no “más tarde”, de noche, con el plato en la mano o sin plato alguno, si diluye ideas esquivas con Rocío de gallo, sin temor a miradas censuradoras y no pocas veces hipócritas, entonces es periodista, ese cuya jornada laboral nunca termina.

Y porque es así la vida de quienes vivimos para informar, hurgar en espinosos asuntos y contribuir al desarrollo, como conciencia crítica de la sociedad, fue por lo que el amigo de quien hablaba al principio, director de un periódico, promovido recientemente a otra importante responsabilidad, se alegró tanto cuando aquel lector le insistía en que la cantidad de ejemplares debía ser mayor.

“No hay dudas de que vamos bien. Ha valido la pena el desvelo. El periódico ha conquistado a los lectores”, pensaba, cuando el interlocutor interrumpió su fugaz meditación, para cerrar sus argumentos:

– Fíjese si es necesario que publiquen más periódicos, que el otro día me quedé sin pescado, porque no tenía con qué envolverlos.

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