Venganza a crédito

Por Eugenio Pérez Almarales
Todo indica que fue en 1946, pues coincide que el 11 de enero fue viernes -tal como en la familia se recuerda el hecho- y la protagonista del dislate tenía poco menos de tres años de edad.

Un tío, querido y respetado, falleció de un fulminante ataque al corazón, y la parentela se reunió en la casa del difunto, en un sitio rural de Jiguaní. El llanto inconsolable de la viuda y el sufrimiento de familiares y amigos hacían de la velada una solemne y desgarradora reunión.

La pequeña logró que la levantaran sobre el ataúd, y al ver el cadáver, con un paño ajustando su mandíbula inferior, para mantenerle la boca cerrada, recordó las imágenes de los comics de la época, y gritó: “¡Mamá, tío no se murió del corazón, se murió de paperas!”.

Su madre, atribulada, con la vergüenza coloreando sus mejillas la sacó del cuarto: “¡Ahora mismo te mando para la casa!”. Rumbo al patio, al pasar por una amplia cocina, la pataleante chiquilla vio una vaca, la cual comenzaban a descuartizar, y la visión le arrancó una especie rara de lamento mezclado con convicción absoluta: “¡Mamá, no me voy de aquí hasta después de almuerzo!”

Aquella niña que, sin proponérselo, trastocó en tragicomedia el doloroso acontecimiento, es Miriam, mi madre.

La muerte es, para unos, el fin, ruptura atroz, olvido, ramalazo terrible; para otros, ritual, receso, descanso -breve o eterno-, pero, sin dudas, es cosa seria y dura, por tanto, reírse de ella es como vengarse por adelantado. Eso hicieron dos de mis coterráneos, en Santa Rita. Lucas Rosales Borges, quien merece recuerdo perpetuo por su calidad humana y su desvelo por el desarrollo social del pueblo, sobresalió, también, por sus bromas.

Una de las más célebres jugarretas de Lucas fue la organización y ejecución de su propio funeral: colocó un ataúd en la única capilla del pueblo, se acostó dentro, y un plañidero voluntario reunió con sus gritos nutrido público, a riesgo de reales decesos.

No pocos miraron recelosos el saludable rostro del “fenecido”, quien salió de pronto del cajón elogiando su cómoda almohadita, “aunque tenía un clavo de punta”, dijo. Años después, para pesar de cuantos lo conocimos, falleció Rosales. Hubo congoja… y dudas. Alguien llegó a afirmar, esperanzado: “Eso es mentira de Lucas”.

Similar, aunque más compleja página, había escrito otra personalidad de Santa Rita, el inolvidable Luis Enrique Cisneros y Fernández. Pucho, como era conocido, mandó a fabricar su propio sarcófago, previendo que resultara difícil dar adecuado tratamiento a su voluminosa humanidad, de alrededor de 400 libras.

Pero no solo se hizo “guayabera de palo” a la medida, sino que la guardó en su casa durante años. En un pequeño cuarto, con puerta a la calle de la escuela donde cursé el primer grado, reservaba la pieza, envuelta en nailon negro. -¿Por qué no la lleva para la funeraria?- le preguntaban. -¿Y si se muere primero Dioscórides Pantoja? -respondía, refiriéndose a otro gigantesco y afable personaje de la comarca.

La tradición popular asegura que Pucho, de quien se dice fue el creador del “gentilicio” de caimán para los santarriteros, además, ensayó su velatorio con galletas, café y fotos, e hizo prometer a una amiga que a su muerte le cantaría, tras la carrosa fúnebre, aquella letra del colombiano José María Peñaranda, que anunciaba: “Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla…”

Pero las anécdotas de familia en este sentido no terminan con lo narrado. Allá por los años 80 del pasado siglo, murió el padre de Nápoles, un compañero de trabajo, quien residía en Manzanillo. Dirigentes del Sindicato provincial de la Construcción, donde yo laboraba, adquirieron en Bayamo una corona de las más caras, la colocaron en el portapaquetes de un auto, y salieron rumbo a la principal ciudad del Guacanayabo, a compartir el momento de dolor.

En el trayecto, no obstante, encontraron un “tiro” de cerveza, de aquella de a 60 centavos la botella, bebieron algunas, “pa´ refrescar”, y siguieron camino. En La Vuelta del Caño, zona donde vivía el camarada, avistaron un velorio, y allá fueron. Tomaron la ofrenda, la colocaron junto a otras, todas de menor calidad, y se apartaron, a ver si divisaban a Nápoles.

-Qué raro. Esta gente no se parece a Nápoles, son demasiado oscuros de piel -advirtió Jorge Valdés.

-¡Oiga, es aquí! Esos deben ser vecinos- ripostó un integrante del grupo, y un lamento, junto a la caja, los estremeció: “¡Ay, mamá!”

-¿Cómo que “mamá”? ¿No dijeron que era el padre?- anotó Ernesto Pérez, chofer del vehículo.

-Señora, ¿este es el velorio del viejo Nápoles?- indagó.

-No, mi’jo, estamos velando a mi abuelita.

Había que actuar, pero la situación era embarazosa. No disponían de dinero ni de tiempo para encargar otra corona. Junto a Ernesto, Eugenio -mi padre-, con rostro grave, tomó el atril y dijo: “Con permiso, que nos equivocamos de velorio”.

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