El periodismo no ha muerto, ni morirá

Por Eugenio Pérez Almarales

Hombres y mujeres asistimos, en ocasiones, a acontecimientos trascendentales de la historia, sin percatarnos de ello. Quizás ni el propio Gutemberg tuvo conciencia plena de cuánto aportaría al desarrollo de la humanidad con sus tipos móviles.

Han pasado siglos. Grandes sucesos estremecieron desde entonces este mundo convulso.

Muchos de nosotros tenemos vívido recuerdo de nuestros primeros pasos en el periodismo, en aquél periodismo también fascinante, aunque tradicional, que nos parecía avanzado en la medida en que los equipos de grabación se hacían más pequeños: de cinta a casete, de casete a microcasete…; que nos estimulaba la proliferación de emisoras radiales, de televisión, de periódicos y revistas nacionales y locales… hasta que nos sorprendió el surgimiento de la telarañas mundial, esa sin la cual se nos hacen difíciles los días.

Cuando preparaba estas palabras, escribí en el buscador de Google, entre comillas, la frase “El periodismo en la época digital”, y en solo 0,49 segundos tenía a mis disposición 360 resultados, a pesar de tratarse de una frase larga y exacta, y al colocar en la barra de búsqueda solo “periodismo digital”, aparecieron 661 mil resultados en 0,29 segundos. Es tal la velocidad de producción de contenidos que a estas alturas esas cifras se han multiplicado.

¿Cómo soñar con tal realidad cuándo la búsqueda de un dato exigía horas y días de indagación en libros, periódicos, revistas, informes, notas…?

En aquellos tiempos, aun cercanos, los públicos seguían los acontecimientos solo mediante la llamada prensa escrita, la radio y la televisión; ya, nunca más. Internet, y con ella el periodismo digital, transformaron para siempre esa realidad, añadieron agilidad en las coberturas informativas, no era ya necesario esperar la próxima edición del periódico, ni el noticiario siguiente, bastaba con actualizar el periódico digital, y un poco después con colocar un post en nuestro blog o 140 caracteres en Twitter, incluso, sin movernos del lugar del suceso, simplemente mediante nuestro teléfono móvil, cada vez con más prestaciones.

Comenzaba a hacerse casi invisible la diferencia territorial de los medios: no provinciales, nacionales… en cuanto a su alcance geográfico. Un periódico digital alternativo escrito en un poblado o ciudad apartados puede leerse inmediatamente al otro lado del globo, tal como BBMundo.com, aunque, claro está, no ignoramos la diferencia de posicionamiento.

Pongo en Google la palabra “periódico” y salta la escalofriante cifra de 30 millones de resultados en 0,33 segundos, y aparecen algunos de Cataluña, otros de Aragón, de Guatemala, de República Dominicana…

De la misma manera, el nombre “Eugenio Pérez Almarales”, desconocido en mis días de estreno en esta profesión, en 1977 –como corresponsal voluntario del periódico La Demajagua-, produce ahora cerca de 26,400 resultados en 0.33 segundos, y brotan fotos, grabaciones de audio y video.

La comunicación fue desde entonces más “comunicación”, de manera real, pues creció la interacción, en detrimento de la llamada comunicación lineal, que más merece considerarse “información”.

Al mismo tiempo, destaca el hecho de que se ha impuesto la hipertextualidad. Desde nuestro artículo, desde nuestra noticia, desde nuestro reportaje, podemos ofrecer al lector la posibilidad de ampliar en detalles que resulten de su interés, solo con colocar un hipervínculo en el lugar adecuado.

Tal como se desvanece la diferencia territorial en el alcance de los medios (de barrio, municipal, nacional…) se complejiza de un medio puro (periódico, radio, televisión) a la multimedialidad, pues desde la misma página de Internet tenemos acceso a audio, fotos y video. Pero no solo nuestros lectores-oyentes-televidentes consumen nuestros contenidos, sino que en una parte importante de los soportes pueden, además, dejar sus opiniones. Es curioso –acoto- que en ocasiones los comentarios sobre el original, causan más comentarios que el original mismo. Todo ello ha conducido a que no pocas redacciones se inclinen por formar y utilizar a los denominados “periodistas integrales”.

Algunos se atreven a profetizar el fin de la prensa impresa. No obstante, sin ánimo de sentar cátedra ni de erigirme como gurú de estos temas, señalo que los periódicos ni los libros –los impresos- no desaparecieron con el nacimiento de la radio, ni la radio se esfumó al nacer la televisión.

Juan Luis Cebrián, fundador del diario El País, decía hace pocos años –en 2010- que la prensa escrita se enfrenta a importantes retos ante el desarrollo de las llamadas nuevas tecnologías y de la prensa digital, y alertaba, cito textualmente, que “están suponiendo una gran transformación en el periodismo y en el papel de los periodistas como mediadores de la información y formadores de la opinión publica”.

Decía Cebrián que se está produciendo una pérdida de protagonismo de la prensa escrita en la formación de la opinión pública en favor de los medios digitales, lo que puede influir negativamente en la calidad de la democracia, y que “los periódicos han perdido su centralidad como formadores de la opinión pública a favor de un intercambio de información sin límites y gratuita a través de Internet, lo que puede acabar con la calidad y el rigor de la información, llegando así a un cambio en el modelo de la democracia representativa a una democracia participativa, en la que los propios usuarios de Internet son los informadores, los protagonistas y lectores de las noticias”.

Es cierto que las nuevas tecnologías han empoderado a la población, al tener esta la oportunidad de decir directamente, sin pasar por el tamiz de un jefe de información y de un director. No obstante, si su vecino, de pronto, sufre un paro cardio-respiratorio, y usted acude en su auxilio, aplica masajes y respiración boca a boca, y el vecino salva su vida; no significa que puede usted desempeñarse como cardiólogo en un hospital. Algo así ocurre con el “periodismo ciudadano”. Cualquier persona con un blog puede escribir y publicar lo que le plazca, de ahí a que ponga en peligro la profesión de periodista, hay un largo trecho.

Tal realidad debe actuar como estímulo para los comunicadores profesionales, para quienes poseen o dirigen medios tradicionales de prensa, para estar cada vez más en función de satisfacer los intereses reales de las audiencias, de manera reflexiva, ética, oportuna, bien redactada.

Pensamos, no obstante, que de lo que se trata es de que cada vez los periódicos –escritos o digitales, también los blogs de los comunicadores- deberán prestar más atención, no solo a la inmediatez, sino a la calidad de sus publicaciones, a la veracidad, al seguimiento responsable de temas y acontecimientos y a la integralidad de lo que difunden.

Ante la avalancha incesante de información que encontramos en la red, debe imponerse el papel de los profesionales de la prensa de servir de analistas, de facilitadores de sus públicos, contribuir a que los lectores aprendan a decantar, a discernir, entre miles y millones de documentos, que incluyen textos serios y textos superfluos, verdades, medias verdades y mentiras.

El periodismo no ha muerto ni morirá por el nacimiento y vigor de Internet, sino que los periodistas debemos utilizar las bondades de las tecnologías, como ayer nos servimos de las pesadas grabadoras, para continuar ejerciendo la mejor profesión del mundo, como dijo el gran periodista que fue Gabriel García Márquez.

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