Amor propio

solterona
Por Eugenio Pérez Almarales

Serios y sensibles asuntos terminan, a veces, como motivo de chanza. Algunas resultan risibles, otras lindan con lo morboso, lo cruel, lo injustificado.

Encontrar los límites puede ser más difícil de lo pensado. Algunos olvidan que una broma no lo es totalmente si sus centros de atención terminan heridos, sobre todo en su amor propio, pues un golpe así duele y perdura más que el daño físico.

Eso ocurrió aquella tarde. Aunque muchos rieron de buena gana, la novia quedó marcada para siempre, cuando -cumpliendo una costumbre que ya no lo es tanto-, luego de la foto del beso, abrían los regalos, que exponían en improvisado stand.

Dejaron para el final la caja más grande, pesada y mejor embalada. Quitaron lazos, finos papeles, la tapa, más papeles… y allí estaba: la armazón de un martillo neumático, de esos usados para taladrar pavimentos.

El mensaje quedó claro, una despiadada alusión a la edad de la novia virgen. Como si de verdad la felicidad y la capacidad de hacer feliz radicaran en comenzar antes o después, en años más o menos.

La raíz está en las tradiciones, en la cultura y en el tiempo. Lo que en algunos sitios y etapas es “normal”, en otros resulta preocupante, escandaloso y estresante.

Los mayores critican la supuesta liviandad de las generaciones de nuestros días, pero ni chistan acerca de por qué algunos de sus descendientes son Rodríguez, otros García, otros López y otros Soa. No se debe juzgar con cristales ajenos a cada momento.

Asimismo, demasiados se empeñan en que sus seres cercanos “rehagan” su vida, en referencia a quienes decidieron poner punto final a un matrimonio no satisfactorio; como si la vida toda dependiera de tal formalidad.

A Gretel, mi simpática colega, le ha tocado saberlo de cerca. Su mamá, una “jovenzona” y vital economista de 60 años, le va muy bien en solitario, con su trabajo, cocinando si le parece, y asesorando -por cuenta propia- a la hija, en asuntos de relaciones de pareja.

“Te lo digo por tu bien, porque soy mayor que tú. Sí, te gusta ese muchacho, pero ¿te fijaste en la manchita que tiene en el ojo izquierdo? ¿Que su mamá es buena gente?, pues espera a que se casen. ¿Que él es muy atento contigo?, pues no me hagas caso, para que veas que se acaba la felicidad”, le reitera, de buena fe.

solterona2Me explica Gretel: “Yo le he presentado buenos candidatos, pero ninguno le acomoda”. -Sí, ya me dijiste…

-¡No! Me refiero a que le he sugerido candidatos para ella, a ver si se entretiene y me suelta un poco, pero nada. Aclara, con la mirada baja, entre compungida y resignada.

Los siete tíos de Gretel y ella misma analizaron meticulosamente la situación. Dada la profesión y carácter de la dama, no aceptaría mandatos; era preciso, más que ordenar, sugerir, y hacerlo tomando en cuenta su nivel académico y cultural.

No debía ser un regalo cualquiera, sino una pieza cargada de simbolismo, a tono con su formación.

Ellos buscaron al artista y le encargaron tallar la obra.

El experto definió pronto que la haría en madera de ébano carbonero. Es un árbol silvestre, de corazón duro, azabachado; se encuentra en las costas cubanas; es raro verlo de grandes tallas, y se debe buscar en zonas montañosas cercanas al mar.

Y llegó el día del cumpleaños. Como en las viejas bodas, abrir los obsequios acaparó la atención de la homenajeada y de los invitados. Ocho pares de ojos escarranchados se centraban en el paquete, de alrededor de un pie de largo; los corazones latían a exceso de velocidad. Ella tomó la caja, y cuando acabó de quitar la tapa, como por un resorte, la tiró hacia adelante, con un grito de sorpresa.

Silencio. Puede ocurrir cualquier cosa.

Ella se sobrepuso, avanzó, tomó el objeto alargado, uno de cuyos extremos descansaba en dos ovoides, todo negrísimo. Nadie respiraba.

Con delicadeza, miró, evaluó, recordó, y dijo:

-Le falta un poco de pulimento.

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