Abatimiento y desenfado

sepelio_camioneta

Por Eugenio Pérez Almarales

Es tal la solemnidad y el sobrecogimiento ante el final de la vida, que resulta una verdad la frase de que “todo ante la muerte se perdona”.

Julio Jaramillo, en su popular Ódiame, alecciona para todos los tiempos a quienes se creen fuera de serie, al parecer porque no se han enterado de que “en el fondo de la fosa, llevaremos la misma vestidura”.

El amigo Luis Carlos Palacios resume el lúgubre hecho de manera magistral: “Cuando te bajan el chucho, se acabó”. Es su forma de desmitificar esa realidad.

Si todo se perdona ante la parca, debemos dispensar a quienes la encaran con menos circunspección.

Sin ánimo de irrespeto, quizás como un modo particular de hacer frente a tan desgarrador suceso, un singular vecino de Las Puercas, en Pilón, afrontó con los pies en la tierra el deceso del autor de sus días.

Un instante terrible es el momento de la partida del féretro. Flores, nombre del protagonista de esta historia, lo sabía.

Probablemente con el propósito de minimizar el instante de máximo dolor, se empeñó en encaramar pronto el sarcófago al carro fúnebre:

– ¡Dale, nos vamos ya! -Le indicó al chofer.
El conductor, habituado al protocolo luctuoso, rompió la inercia, despacio, como son todos los sepelios que se respetan, pero su copiloto le palmeó la pierna:
– ¡Acelera, acelera!
Incrédulo, lo miró de reojo, pero Flores reiteró:
– ¡Sí-sí-sí, rápido!

Y el chofer obedeció. Detrás fueron quedando otros vehículos y algunos en bicicletas que se proponían integrar el cortejo.

Luces y brazos en alto hicieron detener a la carroza.

– Flores, ¿y esa carrera? ¡Esto es un entierro!- Le reprocharon al llegar.
– Sí, es un entierro; por eso mismo no hay que andar con tanta cosa. Si ya el viejo ni se entera de na’, ni le duele na’. A lo mejor cuando había que andar despacio era cuando iba pa’l hospital, porque posiblemente hasta los baches que cogieron, tan a la carrera, ayudaron a matarlo, argumentó Flores, hombre patato, de bigote blanco. Volvió a su sitio e instó al “volante” a continuar como venían.

Los pasajeros de los restantes carros lo siguieron con igual ligereza (¿Qué más podían hacer?).

Llegaron al cementerio. Flores y otros tres descargaron el ataúd y se encaminaron hasta el sitio definitivo.

Lo colocaron sobre un nicho cercano… y los interrumpió el encargado del camposanto:

– ¿Trajo la orden de enterramiento? -Preguntó el funcionario.
– ¿Qué orden? ¿No está muerto?
– ¿Sí…, claro que está muerto, pero…?
– Y si está muerto ¿pa’qué te tienen que dar la orden,
si tú sabes que hay que enterrarlo?
– Flores, es que eso es lo que está establecido…
– ¿Y sin la orden, no lo entierran?
– Yo cumplo con lo que tengo indicado…
– Ah, pues ya yo cumplí con traerlo; te lo dejo ahí. Si tú quieres, lo entierras -Dijo Flores, con la intención de concluir el diálogo.

Finalmente, el pragmático hombre de Las Puercas aceptó traerle “cuanto antes” la susodicha orden.

Quienes lo conocían, saben que Flores quería a su viejo.

Las acciones tienen siempre una razón, y Flores tenía las suyas, solo que podemos comprenderlas o no.

Un hecho, un día, en una circunstancia específica, puede ser malinterpretado, y no es justo.

Una tía de Caridad, mujer corpulenta y afable, se deshacía en lamentos ante una muerte cercana. El instante detrasladar elcuerpohabía llegado.Escuchó el motor del vehículo, avanzando por el camino hacia la casa, y un alarido desgarrador estremeció a todos.

– ¡Ay, no!
Gritaba la tía. Era incuestionable su angustia.
– ¡Ay, no! ¡Por ahí no, que hay una guanaja echá’!

 

Publicado: 9 de marzo de 2019

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