Buenos modales, mejores efectos

FELO_MARTINEZ
Rafael Martínez Arias, carismático fotorreportero del periódico La Demajagua

Por Eugenio Pérez Almarales

“Menos mantel y más comer”, es una frase que fustiga a quienes se exceden en la exigencia y aplicación del protocolo y olvidan las esencias de la vida, sin que con citarla ose relegar la validez de las buenas maneras.Muchos apuros y hasta vergüenzas se habrían ahorrado no pocos mortales, de haber conocido normas del protocolo y del ceremonial.


La puntualidad es el alma de la cortesía. El tiempo, ese con el que algunos juegan, puede ocasionar desagradables trances. El anfitrión es protagonista, él invita, él debe recibir, él hace honores, y ya podemos imaginar qué sucede cuando él falta.

Hacer esperar es de pésima educación. Mejor llegar cinco minutos antes que uno después.

Cuentan que en un lugar, de cuyo nombre no quiero acordarme, esperaban una visita. Los invitados, por fin, arribaron, pero su anfitrión principal no. Atribulados, los de casa decidieron cumplir la agenda, para no insultar más a los foráneos obligándolos a aguar-
dar por el desatento receptor.

No obstante el percance, el ambiente era agradable, sobrio. Ofrecieron un mojito, ese trago cubano con origen en el siglo XVI y resultado de la mezcla de ron, azúcar, limón, menta o hierbabuena y agua mineral.

Sobre una bandeja que recorría el familiar recinto, finas lascas de queso criollo y otras de jamón pierna, activaban el paladar.

En tanto, el invitador, con la tensión arterial disparada por la vergüenza, llegó a la puerta principal de la casa escogida para el homenaje. Tocó suavemente, como aconsejan las normas, pero no lo escucharon.

Decidió que él no podía quedar mal con el grupo -al menos, demasiado mal- y aplicó “soluciones” extremas. Desde un muro, trepó al techo de la casa contigua, pasó al de la vivienda donde se encontraban los visitantes, caminó con cuidado, se agarró de una
rama de guásima…

Mientras, se consolidaba el encuentro. Una pincelada de buen humor, y ya los forasteros casi no recordaban el desaire. La persona que puso su hombro para cargar con el imprevisto, invitó a tomar el fresco en el acogedor patiecito interior:

-Usted puede estar seguro de que si todavía no ha venido, es que se siente muy mal, porque esa es una persona seria… -insistía, con pena y preocupación por la salud del ausente, cuando, de pronto, sin esperarlo, un cuerpo cayó, estrepitosamente:

– ¡Ah! Aquí llegó. Ya le decía, el hombre no falla.

No solo impuntualidades, sino también “pequeños” desconocimientos o transgresiones pueden llevarnos a enrojecedores desenlaces. Eso le ocurrió a Felo Martínez durante una reunión del Círculo de Periodistas del Turismo.

Fue un encuentro que aportó información útil, supimos del funcionamiento de instalaciones de Bartolomé Masó, conversamos entre colegas, hasta que, a punto de marcharnos, Felo inquirió, con la humildad y confianza que lo caracterizan:

-¿Tiene un cafecito, para la despedida?

-¡Ay, qué pena!, no tenemos café; pero le puedo brindar una tacita de té -respondió, amable, la camarera.

-¡Venga el té! -dijo Felo-, y a su mente volvió la cantidad de veces que su vieja le preparaba jarros de té de hojas de naranja, de menta…

-Aquí está. Le dijo, y le extendió un platillo con una taza de agua caliente y un sobrecito con un cordel.

Felo no lo pensó dos veces, agarró el sobre, hecho como de un lienzo fino, lo abrió de un tirón y volcó su contenido en el agua humeante.

La dependienta, intentó detenerlo:

-¡Así no…!

-¡Sí, así es como a mí me gusta! Endulzó y batió el té negro en el agua, mezcla que semejaba el contenido de una colilla yéndose por un servicio sanitario. Y se
zampó el mejunje.

-¡Bueno!- Solo pudo decir, con los labios apretados.

Con mirada firme, serio, caminó hasta el baño, cerro con pestillo y extrajo de su boca toda aquella especie de picadura recrecida, que lo acercó al vómito. Jamás ha olvidado que ese té se prepara sin romper la bolsa.

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