Recuerdos en el Congreso de la Upec

Por Eugenio Pérez Almarales

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En uno de los encuentros ideados por el Líder de la Revolución cubana para dar seguimiento a los acuerdos del VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, no alcanzó el tiempo previsto con la dirección del Palacio de Convenciones y Fidel habló con los delegados durante alrededor de una hora, de pie, sobre un taburete, en una cafetería del aledaño hotel Palco

Este jueves, mientras viajaba a La Habana, Facebook me trajo el recuerdo visual de una jornada inolvidable. De verde olivo, en el centro del fotograma, con su brazo izquierdo sobre mi hombro, el Comandante en Jefe Fidel Castro posaba junto a la delegación granmense al VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba.

A las 3:53 de la madrugada de aquel día de 1999, quedaba para siempre en la memoria de todos sus protagonistas el privilegio de departir con una de las personalidades más importantes del siglo, pero sin distancias, en un ambiente de confianza plena y de respeto por “el mejor oficio del mundo”, como calificó Gabriel García Márquez al de periodista.

“Ténganme por uno de ustedes”, nos pidió Fidel, y demostró que no se trataba de un cumplido. Una colección de trabajos periodísticos suyos, realizados en la década de los años 50 del siglo precedente, circuló en nuestra sala del Palacio de Convenciones, aunque bastaba con sus publicaciones en momentos tensos de la vida nacional, algunas sin firma.

Con la foto, compartiendo el espacio con Frómeta, Puchichi, Marisela y Vera Portales, regresan pasajes del evento, como valoraciones inéditas reveladas entonces por el líder guerrillero y singular estadista, acerca del Che, de la traición de Gorvachov; de su convicción de que internet sería una primordial vía para revelar  la verdad de Cuba.

También, dijo que un periodista es un valioso intelectual, que puede ser ministro, diputado o miembro del Comité Central.

¿Cómo olvidar el simpático diálogo del Comandante con el veterano informador Tomás Álvarez de los Ríos sobre la utilidad de los refranes, o su esfuerzo por prepararnos un menú de lujo para la despedida, a mi juicio, una manera de censurar y enseñar a quienes menospreciaban a los periodistas?

Elaboró una carta que incluía Martini, coliflor al queso, lonja de res al jugo, camarones con dos exquisitas salsas, ensalada de tomates maduros, vino… y para cerrar la degustación, preguntó qué queríamos de postre. “¡Mermelada con queso!”, exclamó una joven colega, y la discordancia con la finesa del resto de los platos, arrancó risas.

La apreciable trascendencia de la cita no la privó de momentos hilarantes. El segmento más doloroso del denominado período especial no estaba lejos y, aunque cada cual llevó lo mejor que pudo, no siempre lo mejor es bueno, aunque parezca contradictorio.

Allí estuve con mi abrigo negro, el mismo que compré 10 años antes para viajar a la antigua URSS y a Polonia, y a uno de mis únicos zapatos “de salir”, se le ocurrió despegarse, desde el tacón hasta la mitad.

Sin otra alternativa, recorrí con la mayor celeridad posible las instalaciones de servicio del Palacio, en busca de solución.

Lo más parecido que encontré a una zapatería fue un taller de carpinteros, donde un solícito operario fijó las dos piezas con un clavo de pulgada y media, de adentro hacia afuera, y lo dobló. “Esto no se zafa”, dijo con orgullo, y tenía razón, solo que el sonido diferente de mis zapatos al golpear el granito, un paso sí y otro no, en salones y pasillos, formaban una inocultable melodía, digna de avezados percusionistas.

Sin embargo, otros corrieron peor suerte. Un colega, natural de Resbaloso, en Contramaestre, por más señas compadre mío -y no debo dar más datos-, no sé si impresionado por una joven camarera del restaurante o vencido por el ansia de beber una cerveza de más, caminó por el borde del estanque en el que nadan vistosos peces, para convencer a la chica de que no le había puesto su bebida enlatada.

Le regaló, adulador, su mejor sonrisa, inclinó la cabeza, hizo un gesto con su mano izquierda, franqueándole el paso, y dio una ágil zancada hacia atrás, sin percatarse de que a su espalda solo estaba el estanque. Aquél amigo se hundió estrepitosamente hasta las rodillas, todas las miradas se dirigieron a él, y una voz pidió con sorna: “¡un aplauso para…!”

Por estos días, allá, en la lejana Siria, donde expone su vida como corresponsal de Prensa Latina, debe recordar el incidente, pues sabe que sesiona, en el mismo lugar de su infortunado percance, el X Congreso de la Unión de Periodista de Cuba.

La Habana, 12 de julio de 2018

20180713_160549En este lugar, “aquél amigo se hundió estrepitosamente hasta las rodillas”. La experiencia y otras similares sugirieron colocar la protección actual 

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