Olores

olores
Por Eugenio Pérez Almarales
 
Alberto Morillas, sevillano radicado en Suiza, puede recordar cerca de dos mil esencias, y el inglés Dave Roberts, dedicado al análisis del café mediante su sentido olfativo, aseguró su nariz por 3,8 millones de dólares.
 
“No soy tanto”, como dice Nicolás Guillén, pero así como el gran Emilio Valeros, “nariz” de la casa española de modas Loewe, asocia el aroma del baúl de su abuela al del pachulí -planta utilizada en la perfumería-, yo guardo en mi cerebro importantes y sutiles etapas y sucesos de mi vida, ligados a olores.

Más fácilmente olvido una ofensa que el inconfundible olor a juguetes nuevos que inundaba las calles de Santa Rita y de toda Cuba en los años 60 y 70 del pasado siglo, durante los llamados días de reyes, cuando garantizaban tres artefactos por niño: uno básico, y dos adicionales.
 
El básico era el de mayor calidad y precio, pero siempre asequible, como las maquinitas de pedales, que se vendían en 60 pesos y que nunca alcancé, porque, como eran pocas, no pasaban de la primera vuelta, es decir, del primer día de venta.
 
Cuando percibo ese aroma, brotan nítidas las imágenes de mis juguetes de entonces: el juego de mambí, que incluía camisa de mangas largas y pantalón blancos, polainas, machete de madera y sombrero de yarey; el de vikingo, con casco, hacha y espada; el de carpintero…
 
Vuelvo a sentir el olor a sangre, el dolor al romperse la piel, durante un “combate a tiros”, cuando me paré de pronto en mi escondite, bajo el quicio de la ventana de Candita.
 
Eran los días más felices del año. Creíamos que los reyes magos traían los juguetes, montados en camellos, y les hacíamos cartas con nuestros deseos. ¿Quién dice que la fantasía es dañina?
 
¿Cómo olvidar mi primera bicicleta -de 16 pulgadas- o el tren eléctrico que mi tío Orestes rompió antes de que despertara?
 
El olor a pegamento me devuelve los días de armar avioncitos plásticos; el de guarapo me lleva a la calle Sitios, de La Habana de los años 60, del pasado siglo, y el aroma a madera y a colchones nuevos me transporta a los días fundacionales de la Esbec de Palma del Perro, a mediados de los 70.
 
El ungüento Altea, el manajú, el copal, el cebo de carnero tibio…, huelen a asma. El rocío y la hierba, al camino hacia la casa de Juan Valline, donde cada viernes me medían, me cortaban un mechón de cabellos y lo clavaban en un árbol.
 
Mis coetáneos recordarán la fragancia y la calidad del desodorante 5 PM, sólido, de tubo, algo grasiento, dentro de un frasco transparente de cristal, verdadera garantía para aquellos calores, no tan infernales como los de hoy.
 
Sin dudas, los olores, sobre todo corporales, son importantes. Prueba de ello es la preocupación por encontrar alternativas ante la carencia de productos industriales de higiene personal.
 
Por cierto, parece que ya no se fabrica el tipo de desodorante descrito, y no será por su complejidad, pues en tiempos de escasez lo elaborábamos en los hogares.
 
Bastaba calentar dos cucharadas de ralladura de jabón de baño, una cucharadita de bicarbonato de sodio y la cantidad de alcohol que cupiera en el tubo plástico, enseguida se le añadía un chorrito de perfume, y al envasarlo se solidificaba. Claro, su uso continuado podría obligarlo a caminar como un pistolero de las películas del oeste.
 
Otra variante se confeccionaba con óxido de cinc en crema, adquirido en cualquier farmacia. Es una sustancia que utilizábamos intuitivamente, sin conocer entre sus propiedades que cierra los poros, y es antiséptica y protectora de la piel.
 
A tal punto llega la cuestión de los olores que quienes basan sus acciones en el Zodíaco creen firmemente que los nacidos bajo cada signo son favorecidos por determinadas fragancias.
 
Alejado de esas creencias, hace poco supe que como Escorpión me favorece la esencia de rosas, útil en los negocios y garantía de ingresos amplios y estables, y que el jazmín me hace irresistible conquistador ¡Tan tarde llegó el sombrero…!
 
Publicado el 8 de junio de 2013
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