La ética de los niños

Por Eugenio Pérez Almarales

Los niños dicen lo que piensan, y ya. Incluso, dicen lo que sueñan; sin dobleces, sin falsedades; no intentan aparentar que te quieren y ante otros hablan lo contrario, ni mucho menos te abrazan y preparan una jugarreta en tu contra, esas bajezas son exclusivas de adultos. ¡Lástima que en la adultez no todos conservemos la limpieza ética de los pequeños!

Mi hermano menor, Edel, consagrado de mayor a la formación del futuro, como mi otro hermano, Eduardo -ambos profesores en el IPVCE Silberto Álvarez-, no se llevaba especialmente bien con nuestra abuela paterna, María Morales, en lo cual influyó -creo- que en una ocasión le propinó un par de fuetazos vegetales, sin percatarse de que el arma de castigo era de marabú.

Las espinas lo marcaron para siempre. Jamás olvidó el suceso. Ella tampoco. Cuentan que María, en sus últimas horas, tenía un juguete que había construido para Edel; el error la obsesionaba.

Pero en los días del suceso, adolorido aun, Miriam, nuestra madre, lo sorprendió agazapado, mirando hacia lo alto de la mata de mango del patio, adonde había trepado la anciana, quien era buena en esos ascensos, como también con un tirapiedras en la mano.
Creyó que Edel admiraba la hazaña, pero, al acercarse, escuchó sus palabras, en un susurro: “¡Que se caiga esta vieja!”

Que conste que no emergió de aquella etapa con instintos criminales, y hace mucho
perdonó a María.

Algunos se obstinan en asegurar que las nuevas generaciones están perdidas, pero no es cierto, ni lo ha sido nunca. Niños y jóvenes no pueden actuar de otra manera. En todas las épocas, personas mayores han asegurado lo mismo, sin recordar cómo fueron ellos.

Estos son los tiempos de la niñez de mis nietos. Aun Natalia, de poco más de un mes de nacida, no tiene historia en este sentido, pero Rafelito -de cinco años- y Patricia -de dos-, sí.

Rafe, al salir de su aula de preescolar, esta semana, confesó a Jainier, el padre, que tiene el propósito de “hacer un ejército”, en el cual “yo voy a ser el general, y voy a incluir a Diego, a Brian, a Arturito…, pero a Patri no, porque es muy chiquita”, señaló.

-¿Un ejército, para qué? -Indagó el progenitor.
-Para luchar contra los adultos, respondió con firmeza, mirándolo a los ojos.
-¿Y qué tu quieres…?
-Que no nos regañen, que no nos obliguen a comer, que nos compren muchas chucherías, que nos dejen ver muñequitos hasta que queramos… Que los que mandemos, seamos los niños. ¿Por qué tienen que mandar los mayores? -explicó.

En días recientes, ya Rafelito había alertado:

-Papi -como me llama-, si Santa Claus no existe, yo creo que los padres y los abuelos deben comprarle regalos a los niños. Un punto de vista totalmente razonable.

Pero no es Rafelito el único con agallas.

Aseguran especialistas que el lenguaje se forma, en lo fundamental, durante los cinco primeros años de vida, por lo que Patricia está en plena construcción de sus capacidades. Habla muy bien y mucho para su edad, aunque algunas conjugaciones aún no las domina.

Jugábamos, cuando ella quiso colocarse en el cuello un cordón, de esos donde cuelgan las credenciales. Pretendí ayudarle, pero protestó:

-No, papi, yo me lo pono solita.
-Me lo pongo, le rectifiqué.
– Sí, ya me lo ponguí.

Y tras mi risa y la de su hermano, algo molesta, bajó de la cama.

– No te vayas, Patricia -le pidió Rafe.

Y Patri, erguida en toda su pequeñez, pero digna y desafiante, exclamó, para que nadie dudara de su determinación:

– ¡Yo sí me vayo! -y siguió su camino.

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