Hábitos peligrosos y una mala pasada

Por Eugenio Pérez Almarales

Mucho ha perdido la cultura cubana con la casi extinción de los pregones, de aquellos de buen gusto y picardía criolla, pensaba mientras un señor flaco y desaliñado voceaba por la calle Pio Rosado, en Bayamo: “Diiiipirona, Piiiiiiroxicam…”

Pero no es ese el peor de los efectos de las peligrosas prácticas de consumo irracional de medicamentos, desde una “simple” Duralgina hasta Viagra y sus similares, de las cuales existen en el mundo unos 27 millones de consumidores, sin reparar en que una supuesta fogosa noche puede terminar en desgracia.

Más lamentable resulta que la mayoría de los hombres que se hacen adictos a pastillas para fortalecer su capacidad sexual, no las necesitan.

Pero antes de que idearan tales afrodisiacos comprimidos, existían otros disparates peligrosos, y no miro solo hacia la acera de enfrente.

Mi abuela, la jiguanisera María Domínguez -de eso hace ya unas cuatro décadas- se sintió agripada, fue hasta su habitación, como de costumbre, y apelando a su buena memoria, agarró el frasco de jarabe de Guariana, lo destapó y bebió un sorbo; una tos persistente le alertó de que había ingerido otro brebaje.

Fueron en su auxilio y se percataron de que se había confundido de recipiente, era gasolina de avión, guardada para echarles a las fosforeras, cuando no se conocían por aquí las de gas.

– ¡Vamos para el hospital!, dijo mi tío Pasi Almarales, y lo secundaron su esposa Negra y otros familiares; pero eso era una simpleza para María Domínguez.

-¡No, si ya se me está quitando la tos! Denme agua. Ahora resuelvo con un poquito de Leche de Magnesia.

Así ripostó la madre de mi madre, volvió a registrar en  sus reservas medicamentosas. Encontró el frasquito, sin siquiera ponerse los espejuelos, y en un abrir y cerrar de ojos, ya se había tomado la medicina. Sospechosamente, volvió la tos y tuvo deseos de vomitar.

– ¡Deja ver qué tomaste, mamá! ¡Mira eso, loción de Calamina y zinc! ¡Te vas a morir por no leer lo que tomas!- le previno Pasi.

Ya era excesivo, y de eso estaba consciente mi abuela; no se resistió a trasladarse al hospital, institución cercana, subiendo poco más de una cuadra después del río, por la calle Urquiola, en Jiguaní.

Aunque no tuvo escalofríos, ni fiebre, ni irritación en la garganta, ni ningún otro síntoma, le alertaron de lo peligroso de consumir fármacos sin indicación médica, y del riesgo de no cerciorarse de qué sustancia se trata.

Junto a la charla de rigor, le pusieron oxígeno, una inyección intravenosa y otra intramuscular, y un rato después volvió a la casa. Todo eso no era demasiado para su fortaleza física y de carácter.

No obstante, aún se quejaba de dolor muscular. Mi tío, quien había sido enfermero del respetado doctor Reyes, la revisó y encontró la última anomalía de la jornada: la aguja no se había quedado en la jeringuilla, sino en el cuerpo de mi abuela.

Comencé hablando de pregones, esas frases breves y llamativas que invitan a comprar; pero, como dije, las píldoras que supuestamente estimulan “la hombría”, no necesitan de mucha publicidad, tiene dispuestos a consumirlas, sin reparar en riesgos.

Estaba Paquito Quintana departiendo con amigos, en Santa Rita, a los que comentó en un susurro: “Conseguí unas pastillas que son tremendas”, y con el gesto de su cara y un vigoroso movimiento de brazo, bastó para desatar la ansiedad por “hacer un buen papel” en casa.

Todos cogieron una tableta, menos Silvio: “¡A mí me das dos, que soy más grande!”, argumentó, y se fueron, radiantes por la gran actuación que tenían asegurada. Ciertamente, fue una noche memorable…, pero por la profundidad de sus sueños. Ninguno vio el prospecto que quedó en el bolsillo del amable amigo. “Meprobamato. Las máximas concentraciones en plasma se alcanzan de una a tres horas. Los efectos sedantes aparecen en menos de una hora luego de la administración”.

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