Brindis por la vida en el Cabo de la Santa Cruz

Por Eugenio Pérez Almarales
Fotos: Luis Carlos Palacios Leyva

Nombrado por Cristóbal Colón “Cabo de la Santa Cruz”, al encontrarlo, hace más de medio milenio, el día tres de mayo de 1494, el promontorio continúa deslumbrando forasteros y fundiendo su suelo rocoso con las raíces de los pobladores, muchos de ellos dedicados a la pesca.

Incluso, el cálido mar Caribe es patio de muchas viviendas de pescadores, para quienes resulta imposible renunciar a las apetecidas langostas, a los ostiones del mangle, a los cangrejos, que en la noche pasean por la zona con sus muelas en guardia, al vuelo silencioso y elegante de las gaviotas. 

Ya forman parte de sus vidas la playa solitaria y virginal, las uvas caletas de la costa, las guasas y caguamas que de vez en cuando los visitan, la piscina fría y natural, escondida en una cueva a solo metros de las aguas grandes.

Cuentan que luego del “descubrimiento” del Almirante de la mar océana el atractivo paraje se convirtió en guarida de bucaneros, corsarios y piratas, los cuales desarrollaron el comercio con islas vecinas, sobre todo con la cercana Jamaica.

Resulta imprescindible a los navegantes contar con una señal segura que anunciara, desde lejos, la presencia de este pintoresco sitio, extremo suroccidental de la actual provincia de Granma; sin embargo,su construcción comenzó el 31 de enero de 1859, lanzó la primera luz en 1861 y se dio por terminado al año siguiente.

El vetusto faro, una de las atracciones de Cabo Cruz, en el municipio de Niquero, se yergue 32 metros sobre el suelo y desde lo alto emite un destello blanco cada cinco segundos, por un sistema de cuerda que dura seis horas con 40 minutos.

Entre la torre y el agua, en este apartado sitio, asombra una amplísima casona de bloques de piedra, terminada en 1862, conocida como la “casa del farero”.

Dos imponentes corredores, al frente y al fondo, con 10 columnas altas, cilíndricas, y que para abrazarlas requiere, cada una, de dos hombres, dan una idea del majestuoso edificio.

Sin embargo, ni el rectangular patio interior, ni la sala de historia, con interesantes datos y piezas, ni el salón polivalente, ni el recinto para conferencias, ni la bien surtida tienda, acaparan tanto la atención de los visitantes como el corredor junto al mar. Allí, donde las olas acarician el muro de la base, su viejo confidente, con el sol en la piel y la brisa del Caribe en el rostro, los forasteros brindan por la vida y por la existencia del paraíso en este rincón privilegiado de la mayor de las Antillas.

(Publicado originalmente en 2010)

La principal fuente de trabajo en Cabo Cruz
La principal fuente de trabajo en Cabo Cruz
Un gran portal desde donde admirar el Caribe
Un gran portal desde donde admirar el Caribe
Al fondo, el faro
Al fondo, el faro
Paraje de pescadores
Paraje de pescadores
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El mar es patio de gran parte de las viviendas
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