La media rueda

Por Eugenio Pérez Almarales

En los primeros años de vida, la celebración de un cumpleaños no significa nada, pero en ocasiones la petulancia de algunos padres -que los aprovechan para exhibir sus lujos y demostrar lo bien que viven, aunque no coman al día siguiente- los convierten en sesiones de tortura para los pequeños.

De mi primer cumpleaños, en mi casa de La Habana, con aroma a gas de la calle y brisa maleconiana, solo sé por lo que me cuentan y por algunas fotos que sobrevivieron a todas estas décadas.

Entonces había que fotografiarse con zapatos blancos, trajecito, cake con velitas y muchas botellas de refresco sobre la mesa.

En la adolescencia, en Santa Rita, celebré algunos al ritmo de discos de acetato, con Benny Moré -la obsesión de Félix Joaquín Tamayo, cuya hermana me prestaba su tocadiscos-, Los Reyes 73, Van Van…, brindis de jaibolitos y crema de vie. Eran pretextos para departir entre amigos de aula, sin ocuparnos de aventajar a los demás en vestuario, joyas u otras banalidades que hoy nublan el pensamiento de no pocos.

Luego, en la medida en que la vida pasa se aprecian más las fechas. Los cumpleaños -no las fiestas por ellos- son buenos momentos para pasar balance y proyectar, siempre proyectar.

Este 26 de octubre cumpliré 50 años. Es una edad complicada, porque me creo joven -siempre que no me mire al espejo-, me dicen “puro”, “mayor”…, pero no tengo derecho al arroz de viejo ni me dan el asiento en la guagua.

Se habla de la media rueda, y sería estimulante que la frase fuera cercana a la exactitud para saber que, al menos, nos queda la otra mitad. Aunque la mejor edad es estar vivo, ojalá reciba la influencia de Candulia, aquella viejita pícara campechuelera a quien entrevisté cuando llegó a 125 años.

Cuando mi nieto, Rafael Alejandro, cumplió un año reflexionaba en que casi tengo 50 veces más edad que él, realidad que me hizo sentir, por un instante, un poco viejo; sin embargo, me di cuenta de que el año próximo solo seré 25 veces mayor, prueba irrefutable de que estoy rejuveneciendo.

Próximo al medio siglo, puedo asegurar que me ha sido muy útil el optimismo, la confianza en que la persistencia, el empeño (si no es monetario) nos llevará, casi siempre, adonde queremos.

Así pensaba cuando asumí mi primer compromiso laboral. Fue como topógrafo en la construcción de la planta de níquel Che Guevara, de Moa, en 1983.

Egresé bien preparado del Instituto José Antonio Echeverría, pero con las lagunas propias e ineludibles de quien se estrena, porque, como dice mi compadre Félix Bretón, “la experiencia no se improvisa”.

La jefatura de la brigada había hecho varios intentos de conseguir grandes grúas para el montaje de un tramo de galería, un impresionante edificio de estructuras metálicas que había que colocar sobre pedestales cilíndricos, a varios metros de altura.

Poco habría significado para mí, de no ser por el carnaval de Manzanillo. Juan Yero, topógrafo y jefe de la comisión; Lenin, el instrumentista, y los cadeneros portamiras Tico y Pachequito vivían en la ciudad del Guacanayabo, y allá fueron, como es lógico; nadie podría suponer que para esos días asignarían aquellos escasos equipos.

Roberto -cuya calvicie le dio un impublicable “apellido de guerra”- y el ingeniero Carlos López me llamaron para precisar si me atrevía a afrontar la misión.

La tarea me impactó, pero de los cobardes no se ha escrito nada, y con el susto en el rostro, respondí: “¡Pssss, lo que más hicimos en la escuela fue montar galerías!”. Esa noche dormí poco, porque tuve que repasar mis libretas, mis libros, los planos… Hasta hoy, siempre que hablan en la televisión de aquella industria, busco ávido las imágenes de mi galería hasta verificar que no se ha caído.

Comprobé que mi primo hermano Jorge Llibre, ingeniero civil que se estrenaba, y luego dirigió brigadas, empresas… y se desempeñó como asesor del ministro de la Construcción, opinaba de igual modo.

Él trabajaba en la edificación de la cercana planta niquelífera de Las Camariocas y me visitó en mi obra, cosa rara.

-Primo, es verdad que todavía hay técnicos que se forman mal, me dijo con cierto malestar en su tono.

-Bueno, hay de todo…

-¿Sabes qué fue a preguntarme esta mañana el técnico que trabaja conmigo? ¡Que cómo se calcula el movimiento de tierra!

-Caramba, eso es elemental. ¿Se lo explicaste?

– No, yo tampoco sé; por eso vine a verte.

(Publicado originalmente en 2013)

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