¿Ser lo que espera?

Por Eugenio Pérez Almarales

 No siempre los hechos cumplen el enunciado que da título a aquella canción de Los Dan -la agrupación cubana más popular de la Década Prodigiosa-, la cual identifica, hace más de 30 años, al programa Nocturno, de Radio Progreso.

Lo cierto es que en demasiadas ocasiones, en múltiples esferas de la vida, hay un largo trecho entre el anhelo y la realidad, entre lo que esperamos y lo que sucede.

De eso, mucho pueden hablar los arquitectos, quienes, por ejemplo, sufren la desilusión de que a edificios diseñados por ellos con dos puertas, una para entrada y otra para salida, se les cierre luego una, porque “¿para qué dos?”; una burla a su inteligencia.

Algo así ocurre con quienes nos prometen lo que saben imposible de cumplir, como aquel vendedor ambulante que camina Bayamo voceando el juramento de que sus pasteles de guayaba “suavizan el pelo malo”.

Un colega del mencionado comerciante va más allá con su pregón: “¡Chupi-chupi con sabor, pa’ ver la programación, pa’ los niños con alteración, y pa’ por la noche jojo-jojo!”. ¡Quién sabe lo que quiere decir con ese “jojo-jojo”!

¿Y qué esperar de los antivendedores? Se trata de exponentes de una especie de antipublicidad no pensada por los creadores de las más sofisticadas técnicas comerciales. Por ahí andan, en la capital de Granma, con frases tan impactantes como: “¡Coge tu pan aquí, moja’o!”, o “¡Pastel, malo-malo, podrí’o, no sirve!”. Increíblemente, le compran.

Otros dislates son autoimpuestos. El tío de un amigo cuenta, bajo palabra de absoluta discreción, que uno de sus familiares vive orgulloso de la extrema calidad de unos zapatos de dos tonos, los cuales lleva usando más de dos décadas, solo que desde hace unos 18 años están listos para botarlos.

Otro que siempre espera lo que no tendrá, aunque no se ha percatado de ello, es el padre del referido relator, cuyo nombre no puedo revelar. El noble campesino jiguanisero, cada noche, un rato antes de acostarse, tiende su colcha sobre la cama, “para que se vaya calentando”.

Lo anterior, claro, es menos criticable -por hacerlo de buena fe- que el hábito de la antigua propietaria de una casa, muy bien conocida por mí, en Santa Rita, mi pueblo, la cual dormía las siestas en el piso, para no ensuciar las sábanas de su cama.

Cómo adivinar la reacción de aquel novicio comerciante, del propio sitio, que tras ofrecerle un mazo de tabacos a uno de sus primeros clientes, le preguntó:

“¿Y qué, estos no sirven?”, e inmediatamente, iracundo, lanzó a la calle los puros no escogidos.

Y entre estas historias de acciones, reacciones y desenlaces inesperados, sobresale el suceso que involucró al hermano de mi colega y amigo Márcel,

Modesto Santana, a quien dedico estas líneas, en ocasión de su visita a Bayamo, este sábado.

Se desempeñaba como importante dirigente de un central azucarero de la vecina Santiago de Cuba, y un trabajador de taller lo abordaba con insistencia: “Santana, necesito un par de botas”. “Santana, estoy descalzo”. “Santana, ayúdeme con lo que le dije”. “Santana…”

En cuanto llegó la mercancía, Modesto, hombre serio y memorioso, indicó al almacén venderle el calzado al pertinaz obrero.

Al día siguiente se apareció el hombre en la oficina, con rostro de mal logrado intento de esconder su disgusto: “Mire, Santana, yo vengo a agradecerle su ayuda, pero las botas traían este cartoncito, que dice: No engrasar, no contacto con petróleo, no humedad…”. Santana, ¡las botas que usted mandó a venderme… son pa’ dormir!

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