Nuncio de felicidad

Por Eugenio Pérez Almarales

 Hacer feliz a las personas, siéndolo también él, parece uno de los objetivos de vida de un singular personaje de la prensa y de Bayamo: Manuel Lauredo Román.

En tal empeño, y a su manera sin par, un lugar de privilegio reservó siempre a doña Rafaela Román Garcerán, su mamá, a quien cuidó -junto a la esposa- hasta el final de su larga existencia.

El nombre del colega, descendiente de españoles, y de quien siempre habrá qué contar, significa “el Dios que está entre nosotros”, consecuencia de la fe de su progenitora; sin embargo, no es por católico que resalta Manolo, sino por bromista.

Lauredo, sin renunciar a sus esencias, a sus principios, mira irreverente a la vida y se ríe de sus descalabros, quizá por eso es hoy el periodista granmense de mayor edad y uno de los más vitales y productivos de todos los colegas en ejercicio.

De extenso y rico curriculum, dirigió la fábrica de refrescos de esta villa, fue alumno de la Escuela de administradores que creó el Che, integró el Buró del Partido en Bayamo, laboró como corresponsal jefe de la Agencia de Información Nacional, fue director del periódico La Demajagua y jefe del departamento militar del Partido en la provincia.

Precisamente, cuando desempeñaba esa última responsabilidad protagonizó un suceso que descuella entre sus más transmitidas anécdotas.

Cuentan que en ocasión de visitar una tropa de milicianos, vestido de completo uniforme y con grados de primer teniente, preguntó:

-¿Quién sabe por qué los combatientes de tal país no disparan con este dedo? -inquirió, mientras mostraba el índice de su mano derecha.

Los soldados, respetuosos de la investidura del preguntante, intentaron encontrar respuesta a tan curiosa interrogación. “Será que en ese país hay muchos zurdos”, pensaron algunos, pero, finalmente, no lograron descifrar la incógnita.

Entonces el elevado funcionario respondió:

-Ellos no pueden disparar con este dedo, porque este dedo es mío, ellos tiran con los suyos- dijo, ante el estupor de la tropa, que luego se transformó en carcajada.

También es un jaranero de altos quilates en familia.

En una ocasión viajó a España en funciones de trabajo, y a su regreso regaló a la madre una Biblia, un rosario, y las estampas que le obsequiaron. Ella, desprendida, cedió cada artículo a personas que la visitaban.

Pero no sabía vivir sin el libro sagrado que la acompañó desde la infancia, sin la hostia, esa fina pieza de pan que el sacerdote consagra en misa y entrega a los fieles, y con añoranza mayor por la imposibilidad de trasladarse al templo, pidió ayuda al atento vástago.

Lauredo, hijo sin tacha, capaz de cualquier sacrificio para complacer a la madre, ya escasa de visión, llegó un día con más alegría que de costumbre:

-¡Mamá, mira lo que te traje: una Biblia y un paquete de hostias!- exclamó entusiasmado.

Doña Rafaela, sorprendida por tal cantidad de sagradas tortas, tomó una y la llevó a la boca.

-¡Manolo, pero está rara, muy dura!- protestó.

-Mamá es que ahora las hacen así, explicó Lauredo en tono persuasivo.

La anciana dejó el paquete a su lado y abrazó la Biblia. Manolo miró satisfecho la felicidad de la autora de sus días, quien disfrutaba de la primera de las galletas de sal que le había comprado en el mercado La Cabalgata, y meditaba abrazada al amado libro, de finas páginas, que en su portada decía: Diccionario Inglés-Español.

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