Las alturas de Ernesto

Por Eugenio Pérez Almarales 

En Chicolongo, intrincado sitio de la Sierra Maestra, nació mi amigo Ernesto Pérez Espinosa, quien, pese sucesivas mudanzas, siempre rumbo a “la placa”, sigue siendo un guajiro bueno y bromista.

Ernesto, que vino al mundo a casi 900 metros sobre el nivel medio del mar y a más de 20 kilómetros de la cabecera municipal de Guisa, no ha podido –ni quiere- olvidar sus raíces, su cultura.

(Quizá por eso logra armonizar su labor como transportista privado -en un camión rojo y negro- con el cargo de presidente de su CDR en El Polígono, de Bayamo).

Aún niño, en Santa Bárbara, zona rural guisera, se estableció con los suyos, luego de bajar de la serranía.

Con sus hermanos, disfrutaba del entorno saludable de la familia noble y bien llevada que encabezaba Pancho Melchor.

Días de festejos incluían bailes y tragos de ron. El viejo, de cara seria, descollaba por sus raros divertimentos, como colgar junto a la puerta un hígado crudo de cerdo, al que daba mordiscos al pasar; sacudía la cabeza y relinchaba.

Recuerda cuando el hermano Cheché, fruto de aquel ambiente jocoso e inofensivo, asistió a una comida “de nivel” en la comunidad William Soler, en casa de Chichi Aguilera, quien agasajaría a finos invitados.

Cheché -con unos buches en el buche- quiso restar formalidad al encartonado ambiente, y, a la luz de candiles, echó del cascarón un par de huevos en un plato, los revolvió de manera desordenada y varias mariposas respondieron al llamado.

Tomó algunas tataguas, las lanzó en su babosa mezcla, y comenzó a comer la rara preparación, que rodaba por su barbilla y le caía en el pecho. Se acabó el banquete.

En una ocasión, Ernesto, ya trabajador del Sindicato de la Construcción en Granma, asistía al homenaje del hotel Sierra Maestra a sus constructores. Era jornada de gala, con solapín para homenajeados, pues no se conocían las manillas de colores.

Él y sus compañeros, elegantemente vestidos, algo cortados” por el inusual protocolo, esperaban en el lobby, de mármoles y muebles nuevos, cuando se percataron de que su cuñado Julián, conocido como Nguyen Sun -en alusión a aquel personaje de radionovela que derribaba helicópteros con flechas- llevaba algo envuelto en un periódico.

-¿Qué traes ahí? -preguntó.

-¿Cómo que qué traigo? Una azuquín que es una maravilla -respondió, para vergüenza circunstancial de sus colegas de ocasionales juergas.

Ernesto quedó tan “flechado” por aquel ambiente, distante de sus experiencias en Chicolongo y Santa Bárbara, que tomó por costumbre dirigirse a la carpeta del Sierra Maestra y solicitar que, por la amplificación local…, lo llamaran a él mismo.

-Es que se oía bien eso de “señor Pérez, señor Ernesto Pérez, pooor favor” -me confesó en reciente encuentro, mientras preparaba la reunión del CDR.

Pero no son sus únicas vivencias inolvidables en instituciones turísticas. Otro día, mientras recorrían Pilón, escasos de dinero, fueron a almorzar al hotel Marea del Portillo.

-Pidan lo más barato -sugirió Eugenio, mi padre, entonces secretario general del Sindicato en Granma.

Llegó la carta, uno solicitó escalope de cerdo; otro, potaje con arroz… y Ernesto localizó una columna, a la derecha, buscó el menor precio y pidió:

– Yo quiero lonjas de pavo al jugo.

– ¡Eso suena caro! -alertó alguien.

– No, cuesta $2.90 replicó, con aire de gourmet.

Cuando llegó la cuenta, la abultada cifra estremeció al grupo. Con discreción, examinaron la carta, y ahí estaba el detalle: la columna que Ernesto leyó era la del peso; las suculentas lonjas de pavo, la más cara de las ofertas, pesaban 290 gramos.

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