Álvaro Torres, la cultura y la pureza

Por Eugenio Pérez Almarales

La visita de Álvaro Torres a Bayamo, el último 14 de julio, ha suscitado comentarios encontrados en Facebook. Muchos aplauden aun, mientras unos pocos critican a quienes disfrutaron y alaban al salvadoreño, famoso y humilde, y les echan en cara que no es de gente culta admirar lo kitsch.

El origen del vocablo “kitsch” –como es bien conocido- se sitúa en Múnich, Alemania, en la segunda mitad del siglo XIX y se endilga a lo vulgar, al arte barato, de baja factura, copia inferior de una “verdadera” obra de arte, distante del “arte culto”, y relacionan a los productores y consumidores de arte kitsch con el deseo de aparentar, de fingir mayor estatus social.

Aunque el asunto da para muchas más disquisiciones, no es mi propósito hacer un ensayo de consumo cultural.

Varía la clasificación para esta “casilla” en países, y, también en épocas diferentes. Lo que en un sitio se considera auténtica cultura popular (¿es que puede hablarse de cultura, sin sus pueblos?), en otros se les tiene como “de mal gusto”, y artistas mirados por sobre el hombro, pasan a ser aplaudidos y lisonjeados.

¿Quién tiene las facultades divinas y académicas para tildar de kitsch o de “verdaderamente culto”? Ha llegado a incluirse en tal despreciativa categoría hasta a determinados colores (sobre todo de ropa), como el negro y el rosado.

Entran en la condición, también, los objetos decorativos hechos en serie, como esas figuritas de yeso que cuelgan en paredes, cuadros de mesas repletas de frutas, en las cuales no debe faltar el melón (la sandía), los adornitos confeccionados con materiales de desecho…

Álvaro Germán Ibarra Torres (Álvaro Torres), nació en El Salvador, el 9 de abril de 1954. De su padre –cuentan- heredó sus cualidades para la música. Desde que comenzó a componer, a los 12 años de edad, la mujer está en el centro de su obra. A fines de 1975 comenzó a grabar su primer disco (Algo especial). En 1983 emigró a EE.UU.

Obras suyas -la mayor parte de las cuales ganaron la preferencia del público- son interpretadas por otros reconocidos intérpretes en el mundo.

A fines de 2013 cantó en Cuba por primera vez, y en cada presentación, este Embajador de buena voluntad de su país, reconocido como Hijo Meritísimo de El Salvador, ha agradecido el cariño de los cubanos.

Este martes, como decía al principio, Álvaro Torres cantó en Bayamo, arrancó repetidos aplausos y logró que el publico coreara TODAS sus canciones.

Con 61 años de edad, dueño del respaldo del pueblo, de sencillez admirable, ¿Torres se propuso “aparentar”? ¿Qué se propuso aparentar? ¿Por qué tendría que proponerse aparentar? ¿Torres finge un estatus social elevado? ¿Su música es kitsch porque se comercializa?

Torres –pienso- no se propone aparentar, ni finge una elevada posición social, tiene más, tiene al pueblo a su favor. Y si todo lo que se comercializa fuera kitsch, podríamos estar ante el fin de cualquier otra categoría.

Más allá de conceptualizaciones y malacrianzas “culturosas”, como llamarían, de manera kitsch, a la petulancia, el concierto de Álvaro Torres en Bayamo fue un suceso trascendental.

Yo -que no sabía demasiado de la obra del artista- fui, esperé por la lluvia, por los equipos con problemas… y me di cuenta de que conocía casi todos los números que interpretó. Vi a hombres y mujeres con los ojos húmedos y hasta llorar. Cada canción marcaba una época, un suceso, un recuerdo.

A fin de cuentas, la cultura no se hace en los laboratorios, no es químicamente pura, porque a la cultura químicamente pura habría que incluirla en la tabla de Mendeleiev, pero sería otra cosa, no la cultura.

¿Existirá -con razón- el hombre “cultamente puro”? ¿Lo será quien solo escucha a Johann Sebastian Bach, a Ludwig Van Beethoven… y reniega de Eliades Ochoa, la Aragón, Ñico Saquito… con tal de no contaminar su “cultura” con “el populacho”? ¿Habrá “puros” o quien se dice “santo, santo, cuando es un diablo, diablo, diablo”, como escribió Nicolás Guillén? En fin, sugiero meditar con el Poeta Nacional de Cuba: “Falta saber si es que lo puro existe, o si es, pongamos, necesario”.

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