Pasión, razones, casualidades

Por Eugenio Pérez Almarales

No sé si deber mi origen a una bicicleta haya sido bueno o malo. Quizá por eso no he mejorado mucho en cuanto a medio de transporte, pero no me quejo del destino, de ser fruto de una historia de amor que tiene ya más de medio siglo.

En 1959, mi futuro padre, de solo 17 años, vendió su ciclo Niágara, con el que repartía dulce de maní en Las Tunas, para mantener a sus amores primeros: la mamá (quien hacía los turrones en las madrugadas) y el hermano, al que pagó la escuela que él no tuvo.

Se aventuró a conquistar La Habana ajena. En la fábrica de tubos de aluminio para cremas dentales procuró a su tío Roberto -accionista y administrador- a quien apenas conocía. El personaje le extendió un billete de cinco pesos, y Eugenio-I respondió: “Solo lo acepto si es prestado”. Después, recibió empleo allí.

Una casa de huéspedes donde había que poner los zapatos bajo las patas de la cama y mirar la ropa hasta que se secara, para no perder tales prendas, fue lo más parecido que tuvo en la urbe a un hogar. Demostró que el ambiente no corrompe a los jóvenes, si son de principios, pues jamás se contagió con ladrones y marihuaneros, nefasto legado del cercano batistato.

Para cambiar ocasionalmente la completa en una fonda de chinos, doblaba turnos; una madrugada pasó el brazo tras varios engranajes, y de un pestañazo vio su dedo índice derecho salir triturado. Recibió 750 pesos, y con ellos decidió recorrer Oriente. A Bayamo llegó, junto a varios amigos, vestido a lo Humphrey Bogart.

La Escuela técnica industrial General Milanés ocupaba entonces -1962- el edificio donde radica la Biblioteca 1868, y en sus alrededores conoció a Miriam, estudiante de Análisis generales y especiales.

La atracción fue mutua. Y como había amor, Eugenio-I quiso impresionar, y hubo maltas y sándwiches y pollos fritos…, y como había amor, pronto el Romeo quedó sin dinero. “Eso no es problema, ahora mando a buscar más”, dijo. El verdadero lío empezaría luego.

Tras inquirir en el correo, una y otra vez, llegó el giro; solo entonces se percataron de que no tenían documento de identificación. No pudieron cobrar.

En la terminal, con famélicos bolsillos, los forasteros se disponían a viajar, cuando un Willys se detuvo, bajó un oficial e interpeló: “¿Ustedes son los que no quisieron identificarse?”.

Eran días de bandas y sabotajes alentados y organizados desde EE.UU., y los condujeron a todos. A todos menos a mi futura madre, que (a pesar del amor), desapareció “por arte de magia”. ¿Cómo decirle al viejo Santiago Almarales, comunista hasta los tuétanos, que la apresaron con gusanos?

“Voy a cerrarles aquí, para que no les entren los mosquitos”, dijo el carcelero y puso el candado en la reja de hierro. Aclarada la situación, los muchachos regresaron a La Habana.

Cartas van y cartas vienen, y llegó el momento de pedir la mano de la novia. En Jiguaní se apareció Eugenio-I, de verde olivo, con grados de primer teniente y revólver. El muchacho agradó al suegro, quien, no obstante, dejó claro: “¡Mientras Miriam viva aquí, mando yo!”, a lo que, viril, respondió: “Y si quiere, mande después también”.

Se alistó el casamiento y volvió el novio. Ya con más confianza e interesado en hacer méritos, fue al patio, y al rato regresó, azadón en mano: “¡Qué enyerbado lo tenían!”, exclamó orgulloso, enjugando el sudor de su frente.

La boda fue sencilla, pero con los rigores de la etiqueta. La luna de miel, en el hotel Royalton. De allí aprendieron que no es bueno comer bofe en circunstancias especiales, pues pudo ser la razón de que la fibra real se pusiera arisca en lo adelante.

Siguieron tiempos de salud y de adversidad. Pasaron ya 52 años y ahí están los protagonistas. Es verdad que existe el amor a primera vista; también es cierto que si no es por la bicicleta, por el accidente, por el deseo de conocer Oriente, por el desconocimiento y porque Santiago supo controlarse, no estaría leyendo estas líneas.

¡Ah!, no expliqué lo del desconocimiento y el control: el uniforme, los grados y el revólver de Eugenio-I eran prestados, y no había hierba en el patio, sino una hortaliza plena de cebollas que acababan de brotar.

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