Ética y subsistencia

Por Eugenio Pérez Almarales

Al “derecho” del hombre a matar animales para su alimentación no le faltan opositores. Es antiguo el debate entre lo ético y lo necesario de hacer postas de aquellos, que, por desgracia, no saben -¿o no pueden?- defenderse de sus máximos depredadores, es decir, de nosotros.

Sea cual sea la posición moral al respecto, nadie discute que el consumo de carne por el homínido primitivo, hace centenares de miles de años, fue definitorio en el desarrollo del cerebro, en su capacidad para pensar, para hablar.

Acabo de encontrar en internet un texto que me hizo recordar la disquisición que sobre el tema formuló un conocido poeta bayamés, quien, a principios de la década de los 90 del pasado siglo, señalaba lo inhumano de tales sacrificios.

Resulta que los adelantos de la ciencia y la tecnología han hecho posible -afirman- elaborar carne a partir de células madre, y ya algunos sueñan, cual émulos de los personajes de Vampiros en La Habana, con llegar a un establecimiento y pedir su hamburguesa artificial O positivo.

Lo cierto es que la creación de ese alimento en laboratorios de Holanda no es ya ciencia ficción, y otros la ven como alternativa a la crianza tradicional de ganado, noticia que debe haber ocasionado justificada alegría en corrales de todo el mundo.

Afirma Mark Post, líder del proyecto, que ya lograron la primera hamburguesa hecha con músculo cultivado en suero fetal bovino, fibra que “tiene exactamente la misma estructura que el original”.

En sus declaraciones, el singular científico insiste en que es posible fabricar carne de cualquier tipo, lo cual duplicaría su consumo en el mundo.

Dice la fuente que aunque Post sueña con poder producirla a gran escala en la venidera década, hay un pequeñito obstáculo: para crear la primera hamburguesa artificial se invirtieron 250 mil euros, así es que si su familia está conformada por cuatro personas, necesitaría la friolera de un millón de euros para una merienda.

Pero en los años 90 el mencionado literato no pudo soñar con algo así. De haber resuelto antes y científicamente el problema, no habrían aparecido en la Cuba de entonces aquellos platos de corteza de toronja o de frazada de piso.

Comprar un par de plebeyas hamburguesas, sin sombra de laboratorio, costaba -más que dos pesos por cada una- vencer una cola de cuadras o levantarse antes del amanecer para lograr un buen puesto en la fila.

Fueron los tiempos cuando en el más “encumbrado” establecimiento de la Gastronomía de Santa Rita: la fonda del pueblo, se repartían tiques por cuadra, para ir rotando las pocas raciones de carne de que disponían, muestra de vocación justiciera, y porque la escasez repartida entre muchos toca a menos.

De la necesidad de multiplicar los limitados cárnicos, surgieron en casa recetas como la “jamonada” de tenca, la jamonada de tilapia, la jamonada de soya y, el non plus ultra -los muchachos de hoy dirían “lo máximo”- de los extendidos: la jamonada de… jamonada, y no es un juego de palabras, pues esta última se elaboraba añadiendo el pan al ya anémico embutido que de vez en cuando llegaba a la carnicería.

Quizás fue esa época de penurias alimentarias, o la búsqueda de un consuelo sublime a las carencias estomacales, lo que alentaba al poeta a cuestionar la licitud del sacrificio de criaturas inferiores.

“Somos como cementerios andantes. ¿Cómo actuaríamos si existiera una especie superior que decidiera alimentarse de nosotros?”, dijo, serio, casi iracundo, cuando un aroma venido del cercano hotel Royalton nos dio de plano en las narices.

El poeta enmudeció, frunció el ceño, miró al suelo, y haciendo uso de su capacidad de expresión oral -que tiene base en el consumo cárnico- exhaló, desde la profundidad de su alma: “Coño, ¡pero qué sabroso es un bisté con papas fritas!”.

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