Cuestión de etiqueta

Por Eugenio Pérez Almarales

En artículos y manuales de protocolo, ceremonial y buenas maneras, asocian la palabra etiqueta con el buen vestir y el comportamiento grácil y gentil, a la demostración del “esmalte de la educación”, como dice el venezolano Manuel Antonio Carreño (1812-1874), autor del más conocido libro sobre el asunto.

Señalaba el pedagogo que, además de elegancia, el vestuario debe aportar comodidad, aunque recomienda combinaciones ideales, colores y tipos de tejido y calzado para cada ocasión, y esto último no siempre ha estado a nuestro alcance.

Es difícil que los autores de tales textos pensaran en nuestros Kiko, aquellos zapatos plásticos de mi época de secundaria básica, tan adaptables, que lo mismo servían para su uso principal como para convertirlos en proyectiles en noches de “fraternales” confrontaciones de albergue (¿verdad, director Alexis Blanco?).

Era el tiempo en que las plataformas estaban en su apogeo y estos derivados del petróleo también podían serlo; bastaba con recortar las suelas de otros y añadirlas, cuchillo caliente de por medio. Luego, el brillo lo garantizaba una buena untura de grasa para el cabello.

Pero, en la década de los 70 del pasado siglo, no solo los fabricaban para uniformes, también los había “de salir”, mocasines, de cordones, con muchos huequitos, para la imprescindible ventilación, sobre todo al mediodía, aunque el Micocilén -talco en extinción- salía por ellos a cada paso, como humo para castrar colmenas.

La necesidad hace parir hijos machos, como dice el refrán, y no eran tiempos de andarse con remilgos. Recuerdo, en un establecimiento de Santa Rita, una montaña de zapatos plásticos de diversos modelos y colores, que, quién sabe por qué, quedaron sin pareja; entonces las armábamos a la fuerza, disparejas, por ejemplo, uno 27 y el otro 27 y medio, uno marrón claro y el otro más oscuro, “eso lo coge el repello”, nos decíamos mientras cuidábamos de no poner los pies juntos en público.

En la más reciente crisis, en los años 90, se multiplicó, entre otras opciones, el calzado de tela y suela de cámara de camión, conocido por su capacidad de absorber líquido en los baños públicos.

Los cubanos debemos estar entre las personas más hábiles para adaptar cosas. Cuando no había a qué echarle mano, con un poco de pesar, arranqué las correas a la maleta que me acompañó por Polonia y la Unión Soviética y me hice unas sandalias. Fuera de sus exageradas hebillas, parecían “de fábrica”.

Lo que nadie más que yo sabía era cierta cualidad del material para estirarse, lo que me obligaba a andar despacio, pero andaba.

¿Y qué decir del resto del vestuario? Cuando veo personas que parecen vidrieras de TRD, cubiertos con ropa “de marca”, recuerdo cuán felices usábamos camisas y pantalones ECH (Empresa Consolidada de la Harina), hechas con sacos blancos.

No obstante, no todos buscan alternativas decentes, como esos que ignoran aquello de “pobre, pero honrado”.

En una de las entonces frecuentes noches de apagón en Bayamo, caminaba por la calle Martí, con la esperanza de encontrar algún medio de transporte que me devolviera a Santa Rita; acababa de pasar Amado Estévez, cuando dos “bicicleteros” me arrebataron la carpeta.

Pocas veces he experimentado, al mismo tiempo, tanta ira, impotencia, desamparo… Veía alejarse a los salteadores urbanos, sin poder correr, con mi calzado débil y ancho. Pasado el momento de shock, no me quedaba más remedio que buscar consuelo, y me dije: total, si la carpeta solo tenía mi grabadora nueva, mi calculadora, mis únicos tres dólares y el dinero para el pasaje, y dice la etiqueta que un hombre no debe correr en la calle

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