Guajiros

Por Eugenio Pérez Almarales

Cuentan que la palabra guajiro, con la que se designó en Cuba a los hombres del campo, debe su origen a una confusión popular.

Dicen que cuando las tropas estadounidenses intervinieron en la guerra cubano-española -casi ganada por los mambises-, los soldados norteños llamaban a nuestros patriotas War heroes, que pronunciaban, aproximadamente, uorjiro y que significaba héroes de guerra.

No obstante, mi amigo y prestigioso investigador Argelio Santiesteban (autor, entre otros, del libro El habla popular cubana de hoy) sostiene que en 1840, antes, incluso, del alzamiento en La Demajagua, la condesa de Merlin escribió sobre su viaje a La Habana: “Lo que más quiere el guajiro después de la amada es su caballo y su machete”. Y creo en el ilustre banense.

Pero no es del origen del vocablo de lo que quiero hablar hoy; a fin de cuentas, considero que esa palabra no se refiere ya tanto a los campesinos, sino, más bien, a quienes actúan de manera ridícula, por desconocimiento del sitio adonde van.

No faltan quienes pretenden aprovecharse de la ingenuidad de los no citadinos, pero yerran, como aquel estafador que visitó a Granma hace algunos años, quien, según su discurso, pretendía que las campesinas de la Sierra Maestra fueran como las parisinas.

No sabía el susodicho bandido que no hay culturas superiores ni inferiores. Una residente en Palma del Perro quizás no sepa conducirse en el metro, pero difícilmente una vecina de la torre Eiffel pueda pilar café o montar en mulo.

Y hay, también, derivaciones. Determinadas acciones se califican como “guajiradas”. Por mucho tiempo, por ejemplo, ningún guajiro que se respetara iba a la capital sin tomarse una foto al minuto frente al Capitolio Nacional, prueba de que había estado en “la grande”.

Mientras en las urbes hay todavía quienes se empeñan en ocultar sus raíces, mi excondiscípulo Guillermo Fonte estaba orgulloso de dos cosas: de ser guajiro y de tener entre sus amigos a Eduardo Tiburón Morales.

A tal punto disfrutaba de su origen Memo -como lo conocen en su natal Amancio Rodríguez- que durante nuestras andanzas por La Habana, en la década de los 80 del siglo pasado, cuando estudiábamos Geodesia y Cartografía, él, líder natural y entre los de mayor edad del grupo, gustaba de pasar las calles cogido de la mano de sus acompañantes, ante la mirada atónita de los capitalinos. Castañeda, Galafet, Hijuelos… pueden dar fe de esto.

Sin embargo, otros -¿la mayoría?- se esfuerzan en aparentar que son nacidos y criados en La Rampa.

Eddy, desde hace dos décadas periodista holguinero, caminaba con soltura capitalina por El Vedado, acababa de contar, de reojo, los pisos del Focsa y de edificios cercanos y se dirigió al emblemático hotel Habana Libre, cuyas habitaciones se alquilaban entonces por unos 20 pesos, enmoneda nacional.
Extendió la mano para empujar la puerta de cristal, le puso fuerza al ademán, sin imaginar que se abría sola, al pisar la alfombra que la antecedía. Por supuesto, “se fue en blanco”, y solo atinó a simular un saludo a los presentes: “¡jey, jey…!”, decía, dando traspiés, mientras agitaba la mano.

Ese hotel puso en aprieto a muchos. Margarita -¡y no revelo sus apellidos!- bayamesa reyoya, paseaba frente a Coppelia con la indumentaria de los 80, con pitusa apretado, tarareando River of Babylon, de Boney M. Entró a la instalación como si fuera su casa y se sorprendió con una moderna máquina de limpiar zapatos.

Sin pensarlo dos veces, echó una peseta, metió el pie izquierdo; luego, depositó otra moneda e introdujo el derecho. ¡Maravilla de la tecnología!… pero no tanto, el artefacto no sabía limpiar sandalias, fue de las primeras personas en La Habana en aplicar betún a sus pies.
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