Imaginación

Por Eugenio Pérez Almarales

Mirar atrás ayuda a percatarnos de cuánto camino recorrimos, a comparar etapas, a valorar con la firmeza y creatividad que afrontamos la vida. “Mira hacia atrás y ríete de los peligros pasados”, decía el político y escritor escocés Sir Walter Scott (1771-1832).

Para los más jóvenes, el primer quinquenio de la década de 1990 es solo referencia lejana o lapso desconocido, para nosotros, quienes lo vivimos, tiene diferente significado.

El milagro del sustento diario dependía, no solo de lograr qué cocinar, sino también de tener cómo hacerlo; exigía saber sopesar qué era lo más importante.

Para mantener las llamas de improvisados fogones, como el ahorrador Nonó, ardía, mejor o peor, casi cualquier cosa, persianas se convertían en ventanas, balances eran degradados a butacas, luego a sillas…

El momento exigía, además, de un gran poder de abstracción, de disminuir los remilgos y encontrar similitudes para no olvidar totalmente sabores preferidos.

No sé cómo logramos criar una puerquita hasta que alcanzó no más de 30 libras. Quizás porque no le hizo bien su sancocho, de enjuagaduras y cáscaras, o porque le hacía daño el humo, o quién sabe por qué, comenzó a deteriorarse, y cuando estaba a punto del suicidio, la sacrificamos.

Sirvieron. Las carnes tenían un tono demasiado pálido y cierta consistencia rara, hasta que alguien comentó lo extraño de aquellas ampollas. Y, conteniendo el vómito, razoné con indignación:¡pero es carne!

Y es que llevar carne a la mesa resultaba poco menos que un deseo a satisfacer por el Genio de la lámpara, y en su relevo surgió, por ejemplo, el “delicioso” bistec de toronja, cuya preparación exigía hervir la materia prima hasta que ni siquiera recordara su origen vegetal, añadirle luego condimentos apropiados y freírlo en algún residuo de grasa real.

Recuerdo la visita de un jefe militar a una unidad del Ejército Juvenil del Trabajo, en Buey Arriba, quien enseñó a preparar “carne ripiada” hecha de las flores de pámpana de plátano. “¡Igualita a la carne rusa!”, exclamaron los de más apetito.

Sin negar que algunos -sobre todo, algunas- siempre fueron reacios a consumirla, es ahora que “la tenca apesta”, pero en la etapa de la que hablo era exquisita.

No recuerdo qué acontecimiento teníamos en casa y lo único “asable” que apareció fue uno de esos pescados grasientos y de peculiar olor. Lo dispuse todo: unas vainas de flamboyán, hojas de mango y otros materiales combustibles; ensarté el bicho y comencé a voltearlo en improvisada púa.

El aroma llegaba a mi estómago como elixir de los dioses, no veía la hora de concluir, los jugos gástricos brotaban solos… hasta que se desarmó el ejemplar y cayó en medio de brazas y cenizas, arruinando el banquete.

Las carencias fortalecieron la idea -¿o la necesidad?- de creer que los vegetales daban lo que no daban. Apareció una fórmula mágica: ¡la guanábana hervida es igual a la malanga! La probamos en el Sindicato de la Construcción, en Bayamo, y realmente se parecían mucho su sabor y su textura, lástima que nadie nos dijo que la condimentáramos con antidiarreicos.

No se podía desperdiciar nada, ni el agua donde se hervían las yucas, a la cual añadía algún puré de tomate y la convertía en plato exquisito: el guararey, en honor al sueño y decaimiento que provocaba.

Comer con grasa era, más que necesidad, capricho; sin embargo, hubo quienes resolvieron el problema, unos friendo tencas y otros mirando al monte.

Recuerdo a Felungo, en las cercanías de Santa Rita, con un martillo, partiendo corojos, uno a uno, para molerlos, hervirlos y extraerles el aceite. “Un jarro de cinco libras da una botella”, me confió.

Otros estuvieron a punto de otorgar a la berenjena el título de “solanácea nacional”, pues afirmaban que si se calentaba, directamente sobre una plancha, y se ponía a escurrir, daba “tremendo aceite”. En realidad era un líquido viscoso con tufo a fondo de caldero calcinado.

Otros llegaron más lejos, como la muchacha que ante la negativa del abuelo a comer el mencionado fruto, le preparó unas lonjas, las aliñó, añadió una escurridura de grasa de tenca y le plantó un supuesto filete de pescado.

El viejo degustó hasta el último milímetro, y se dio por satisfecho. Era el instante que esperaba la nieta:

-¿Ya ve, abuelo, que usted es caprichoso? Eso que acaba de comerse era una berenjena.

La miró, retador, a los ojos:

-¡Carajo, no me engañe, que le encontré una espina!
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s