Cosas de muchachos

Por Eugenio Pérez Almarales

A veces, quienes peinamos canas o no tenemos ya qué peinar, fustigamos comportamientos de hoy y afirmamos: “En mis tiempos, eso no era así”, y quizás tenemos razón, pero solo en parte.

Criticamos, por ejemplo, los extravagantes y  caprichosos nombres modernos, pero le zumba llamarse Teodomiro, Patrocinia, Nemecia, Gonzala, Plutarco… como algunos de mis abuelos, bisabuelos y tíos, quienes recibieron tales marcas, aunque segundamente, como gusta decir un conocido investigador.

Antaño, el nombre de cada recién nacido dependía, sobre todo, de los ancestros y del santoral. A tal punto influía la segunda de las fuentes, que conozco desde pequeño una supuesta anécdota que afirma que a la hora de inscribir a su vástago, un padre preguntó: “¿Y qué nombre
trae hoy el almanaque?”, a lo que le respondieron: “¡Santoral al dorso!”, indicándole que el listado de apelativos estaba del otro lado de la hoja. Confundido, llegó ante el notario y le encasquetó a su hijo el rimbombante nombre de Santoralaldorso Pérez.

Es que con la gloria se olvidan las memorias. En ocasiones, escucho a mayores -muy mayores- comparar exageradamente el comportamiento “perfecto” de los párvulos de antes, sobre todo de los de la primera mitad del siglo pasado, con el “desastroso” proceder de nuestros muchachos de hoy.

Mi abuela paterna, quien nació en Sagua la Grande, en 1920, trepaba a los árboles hasta pasados los 60 años y con un tirapiedras en la mano había que temerle, imagínela niña. Me hablaba mucho de su infancia, de cuando velaba que los dulces de un establecimiento envejecieran para poder probarlos, como regalo de la empleada, porque los precios, de solo centavos, eran demasiado altos para el bolsillo familiar.

Supe, también, de sus travesuras infantiles y de circunstancias en las que resultó víctima de las bromas de sus amigos. Conocían su gusto por ver peleas, fingieron entonces una discusión, y para comenzar la bronca, uno le pidió sostenerle un palo de güira, cortado para fabricar un arco; cuando, ansiosa por el inicio del combate, agarró la rama, su dueño la haló y le dejó la mano “premiada” con gallinaza, ante la risa estrepitosa del grupo.

Chiche Gelabert -emparentado con mi familia- hombre de principios del Siglo XX, contaba de las veces que lo sentaban en un cajón de bacalao o tras la puerta de su humildísima aula habanera, como castigo por sus “fechorías”.

Y la lista de ejemplos sería interminable. Coincidían en afirmar, sin embargo, que sus diabluras no incluyeron jamás irrespeto a los mayores.

Mi amigo Silvio Guibert, alegre, bromista como el que más, quien falleció, con poco más de 70 años, el 31 de diciembre de 2003, decía a quienes regañaban inmerecidamente a los chamacos: “¿Qué quieres, que se fume un tabaco y se siente a beberse media Pinilla?”, frase con la que sintetizaba que los niños son niños y no debemos medirlos con la vara para adultos.

La inocencia infantil, sobre todo en los primeros años de vida, no debe troncharse con exigencias extemporáneas; es para disfrutarla, ellos y nosotros. Los niños no saben de dobleces, no ocultan sus desconocimientos ni temen decir lo que piensan.

Mi sobrino Edelito, que vive en la comunidad pilonera de Mota, hijo de profesores, cuando vino a Bayamo por vez primera, protagonizó sucesos inolvidables: en el parque Granma le sirvieron un platillo de golosinas, las cuales degustó con avidez, pero me percaté de que había sacado una; le pregunté si no la quería, y me respondió con otra interrogante: ¿Tío, y esa tablita se come?, mientras blandía el cuadrado sorbeto.

¿Y qué decir de Diego y Amanda? Él no debe su nombre al santoral ni a los antepasados, sino a que su hermanita es apasionada de Dora, la exploradora, y propuso llamarlo como uno de los personajes del animado.

Amanda, con unos cuatro años de edad, miraba con atención cómo una vecina pintaba su casita de madera, y al terminar la afanosa tarea, exhausta, recibió de la niña el primer elogio: “¡Te ha quedado precioso el kiosco!”

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