Sobrevivir

Por Eugenio Pérez Almarales

El huracán Flora fue el primer gran obstáculo que la vida puso a mi madre, ya próxima a la fecha de parto, allá por octubre de 1963. El descomunal diluvio dejó alrededor de dos mil personas muertas y un desolador panorama en el este de Cuba.

Mis padres, Miriam y Eugenio, vivían en La Habana. El embarazo del cual nací transcurrió prácticamente todo en la capital, y solo el alumbramiento se produciría en Oriente, “para estar cerca de la familia”.

¿Quién se iba a imaginar la catástrofe natural que limitó en toda la región la calidad de los servicios médicos y puso en peligro a aquella muchacha primeriza?
Además, sin un sistema de atención primaria como el de hoy, resulté pasado de peso y tamaño, a tal punto que “el parque de Jiguaní se quedó vacío” para verme, en la clínica del doctor Reyes, como tantas veces alardeaba mi abuela María Domínguez, excedida de orgullo.

Para conocerme, mi padre caminó más de 20 kilómetros, desde Cauto Cristo hasta Bayamo. Superó a pie el desolador paisaje, con cientos de reses y otros cadáveres fundidos a las cercas de alambre.

El matrimonio, conmigo en brazos, regresó pronto a su céntrica casita, en la Habana Vieja, donde se respiraba un hálito de brisa del malecón -que subía por el Paseo del Prado- el smog citadino y la humedad de viejas paredes.

Madres jóvenes hubo siempre y no lo sabían todo desde el  primer día; la  mía, por ejemplo. Y, del brazo de la intuición, avanzó Miriam Almarales en los primeros meses de la crianza de su primer hijo.

Huevo entero, hervido o pasado por agua; yema cruda, naranja pelada -nada de juguito-, malanga y plátano, aplastados a puro tenedor, y la carne que apareciera, ripiada a mano, integraron mi menú.

Al parecer, esa hoy cuestionable manera de alimentarme me ayudó el resto de mi vida. Fue como un mensaje al subconsciente: “resiste”.

Becado a los 12 años, para mí eran manjares los platos que otros calificaban de “incomibles”; pero la mayor prueba estaba por venir.

En 1989 aprecié, en breve recorrido por la URSS y Polonia, que aquel socialismo, que se nos antojó perfecto durante décadas, caminaba rumbo a su final.

Sucedió. Comenzó en Cuba una etapa de cuyos peores momentos  algunos  no saben y otros  no se  acuerdan. Terminaron abruptamente los días en que podía comprarse casi cualquier cosa, incluidos los alimentos, a precios hoy increíbles.

Desaparecieron también los combustibles habituales para cocinar, y era riesgoso aventurarse a un paseo si no llevaba algo para el sustento.

Concluí mis estudios  de Periodismo en Santiago de Cuba. Albergado intermitentemente en Bayamo, hice míos los escenarios de tertulias literarias, de temas históricos… y algo impactó en mí el síndrome del recién graduado, ese que hace al acabado de salir del cascarón universitario creerse entre lo más rancio de la intelectualidad.

Necesidades de trabajo me obligaron a viajar a La Haba-na, en un destartalado Lada, sin goma de repuesto, con laticas de refresco como recipientes para el aceite y el líquido de freno. Inanición, ponches, roturas, batería des-cargada… fueron compañeros inseparables.

Desfallecidos -incluyo al chofer, Yani Román- con hambre irresistible, nos acercábamos al destino.

En un instante pasó mi vida por mi hipoglucémico cerebro. De pronto, frente a Expocuba, a mediodía, divisé, en el centro de la amplia avenida, lo que parecía una cajita de cumpleaños.

Bajé del auto, tembloroso, abrí el recipiente, y dentro encontré una croqueta casi entera y poco más de media ración de crujiente arroz. Intercambiamos miradas silenciosas. Era vergonzoso. Un dilema complejo: la imagen o la vida. Sobrevivimos

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