Regreso a mi infancia

Por Eugenio Pérez Almarales

Quizás fue la nostalgia por mi infancia, ya no tan cercana, lo que me llevó a buscar para mi hija la música con la que cada día dejaba mi casa de Santa Rita para ir a la escuela.

Desfilaron, otra vez, las monerías de Jacinta, la hormiguita retozona, Alánimo, Matandile, Un día de paseo…, la extraordinaria Teresita Fernández y sus numerosas composiciones.
El hospital de los muñecos, donde atendieron a Pinocho, aunque “el viejo cirujano no sabía a quién pedir prestado un corazón”, el hada le puso uno de fantasía, y “contento, despertó”.

“Los pollitos dicen…”, El patito feo, La pavita pechugona, “tan bonita y tan simplona”… Barquito de papel, por la paz… letras pensadas para los
niños.

Regresé al “Cumpleaños feliz”, así, en español, la ronda que entonábamos en fiestas de cake, refresco, piñata, el rabo del burro, rifas… y la música del popular combo Los Yoyos.

Y lamenté no encontrar ni una grabación con la Tía Tata, el Abuelo Reloj y Piquito de Coral, aque-llos amigos que hace tanto no escucho.

En la búsqueda, volvieron momentos y detalles de esos años, cuando las cosas eran más simples.

Camino a casa reviví cuando en mi barrio po-dían contarse los televisores, incluidos los coloca-dos en sitios públicos, y cada noche disfrutábamos de tres aventuras criollas, dos por el Canal Seis -a las 7:00 y a las 7:30 pm- y una por Tele Rebelde, de Santiago de Cuba, a las 8:30 pm.

No pocas veces un locutor informaba: “Amables televidentes, nos vemos imposibilitados de transmitir el capítulo de hoy de El Zorro, porque el actor Danilo Gómez (El sargento García) se encuentra enfermo”.  Casi todo era en vivo.

En esos años, el más sofisticado aparato de recreación, antecedente de los equipos de video, era… el proyector, en el cual pasábamos manual-mente breves películas en celuloide -silentes, por supuesto- siempre subtituladas.

Y los émulos de los actuales pequeños equipos de MP3, MP4… eran los visores de diapositivas y los caleidoscopios -no muy abundantes-, una especie de caja de talco, en cuyo interior podían verse caprichosas formas multicolores.

Los muchachos usábamos zapatos colegiales, uniformes sencillos, que fueron grises y azules, con pañoletas bicolores, arito rojo y boina.

No recuerdo a nadie añorando prendas “de marca” y estábamos contentos cuando Queta, la conserje de preescolar, nos llevaba la merienda: una panocha y un refresco, todo por 20 centavos.

Y por fin llegué a mi casa de adulto, contento por la música que llevaba a mi hija, Milena, quien disfruta de la literatura y se deleita con las historias de sus abuelos.

Nostálgico mostré mi selección y la heredera de mis recuerdos remató: “Papá, ¿y no trajiste reguetón?”

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